domingo, 20 de junio de 2021

Nunca supe cómo explicártelo

 "Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos" 

 

Al final de alguna forma u otra siempre termina siendo Quique. Demasiados años junto a su música para que no volviera a este rincón que roba su nombre de otra canción suya hablando de él. Quería un comienzo mejor. Algo mucho más bonito o sentido. Quizá incluso algo deslumbrante por aquello de la vanidad. Así que le robé la frase a otro y terminé citando a Neruda (he tenido que buscarlo, no me escondo) por la frase que define un poco mi relación actual con él.

Su música marcó mi vida durante una cantidad inimaginable de tiempo, hasta el punto de que muchas canciones me cuesta separarlas de mis propias vivencias. Forma parte de mi vida como recuerdos de sitios a los que fui o gente que conocí, y muchas de sus canciones suenan dentro de mi cabeza sin motivo y son parte de mi propio cuerpo a un nivel casi fisiológico. Así que cuando saca una nueva canción supongo que aún se lo debo. Incluso cuando ya la sensación es otra porque ni él ni yo seamos ahora las mismas personas en cuyas vidas convergían sus canciones. Crecer con tu músico favorito puede ser bonito y frustrante, pero en el fondo lo más natural es reconocer que es sencillamente algo inevitable: hay que admitir que nuestras sensibilidades pueden separar sus caminos amistosamente y que poco a poco cada canción o disco nuevo sea agradable pero ya no aquel acontecimiento que una vez fue. Y es, en cierta manera, liberador. A Quique no le corresponde responder a mis expectativas ni a mí el imponérselas a estas alturas a su obra. 

Así que ahora escucho Puede que me mueva creo que por tercera vez y espero a ver qué dicen de ella mis palabras. Habría querido que fuera algo más espectacular. Tanto su canción como mis palabras, claro. Seamos justos y exijamos por igual. Ésta no es la entrada que había imaginado pero es la que puedo ofrecer. Sigue cantando maravillosamente cuando dice "quiero intentar vivir", y puede que incluso mejor cuando frasea "quiero intentar sobrevivir" arropado por esos acordes tan familiarmente suyos y, por complicidad, tan míos. Va a ser el músico de guardia que me acompañe siempre, incluso cuando las canciones no me dejen mucho más que un par de sus frases inconexas tan suyas de ésas que te hablan sin decirte apenas nada en su contexto. Me habría gustado que me emocionara más o que yo esperase menos. Habría sido bonito reencontrarme con las ganas inmensas y no solo con esa sensación de alivio que produce ver que un viejo amigo apenas ha cambiado. También me habría gustado escribir algo mucho más hermoso, interesante o -sencillamente-inspirado. Pero aunque sienta que sus canciones ya no le hablan tanto a mi corazón como quisiera, yo también quiero dejar de sufrir por mucho que te duela justo en este momento de mi vida. 

Así que tal vez Quique ahora no me esté dando lo que quiero pero sí podría ser lo que necesito.

Quizás, al fin y al cabo, los de antes aún no seamos tan distintos.



martes, 12 de marzo de 2013

Eternal sunshine(s)



Nadie podrá con nosotros                   



miércoles, 9 de enero de 2013

The moment you know...


As long as there's Sun, 
as long as there's rain, 
as long as there's fire...

                               As long as there's me,

as long as there's you.
 

(Where are we now?.- David Bowie)

domingo, 2 de septiembre de 2012

Tristeza

  “La tristeza es algo constante. 
Las canciones se dedican a tapar la tristeza 
igual que el ruido tapa el silencio. 
Así que cuando las canciones se acaban, 
vuelve la tristeza.”

(Ray Loriga)


El problema viene mucho
después,
cuando todas las canciones
se terminan
y la música ha dejado
-para siempre-
de sonar.
Cuando ya se hace real
lo imposible:
bajarse de un escenario
al que nunca
nos habremos subido.



Tengo mi tristeza siempre ahí...

sábado, 28 de julio de 2012

Declaración de principios

(A propósito de este discurso improvisado de Jeff Tweedy en un concierto)




"A la gente que está hablando durante esta actuación, tengo una pregunta para vosotros: ¿qué puedo hacer para ofreceros un servicio mejor? ¿No estoy tocando las canciones adecuadas? ¿No estoy volcando el corazón lo suficiente en vosotros? Decidme qué necesito hacer para conseguir que lleguéis a escuchar el concierto por el que habéis pagado por ir a ver. Lo digo en serio: honestamente, quiero… quiero ser lo mejor que pueda ser para vosotros. Quiero haceros felices, y si sois felices hablando, entonces ¿para qué habéis venido aquí? Porque yo también estoy aquí y, bueno, quiero que todos nosotros estemos aquí juntos. ¿Podéis callaros por una vez en vuestra puñetera vida y divertiros un poco sin mover la boca? Bien, ahora en serio: quiero… quiero decir que… ahora mismo estoy totalmente desengañado. Realmente lo estoy. Quiero que seáis felices, pero no entiendo… quiero decir: ¿no podéis oír allí al fondo? ¿No podéis oírme los del fondo? Bueno, ¿sabéis por qué? ¡Porque estáis hablando!

Ok, no, en serio, honestamente: sería muy muy chulo si vosotros, si todo el mundo estuviera realmente callado durante un instante. Sentirte a ti mismo en una habitación llena de gente con todos sus corazones latiendo y todos sus pensamientos y sentimientos… y vosotros sois parte de eso. Tú no eres sólo tú, eres parte de un grupo de gente de una forma realmente hermosa. Es algo realmente maravilloso ser parte de. Pero tenéis que prestarle atención. No es sólo por mí. No se trata de ser una especie de artista engreído, es lo que hacéis cuando vais a un concierto: sois parte de ello. ¿No os sentís al margen de todos los demás? Sois parte de algo, eso es maravilloso, es algo desbordante. Y, en serio, si queréis que toque algo realmente rockero o popero sólo con una guitarra acústica, lo intentaría. Si queréis cantar conmigo, eso es lo que más me gusta del mundo. Podríamos hacerlo. Chicos, si os sabéis las letras de las canciones, decidme cuáles queréis que toque y las tocaré."


"Music is my savior
I was maimed by rock and roll
I was tamed by rock and roll
I got my name from rock and roll"


(Sunken treasure.- Jeff Tweedy)

martes, 26 de junio de 2012

Música desde la orilla

Concierto del Día de la Música (Teatro Duque; 21/06/12)


Una luz que va apagándose sin más
eso es lo que sucede.
Una luz que va apagándose sin más
eso es lo que más duele.

Yo no voy a ser quien te haga ver

que estás equivocada.
Yo no voy a ser quien te haga ver
que esto no es una guerra.

Tormentas que van anunciando el final

y el final nunca acaba.
Palabras que van afilando y al final,
al final se nos clavan.

(Tormentas.- McEnroe)




La chica de la primera fila giraba la cabeza como si esperara a alguien. A fin de cuentas, ¿quién no lo hace? Da igual si viene de camino o si en realidad no va a llegar nunca: el caso es que todos -de una manera o de otra- esperamos a alguien. O, al menos, eso era lo que pensaba mientras debatía conmigo mismo acerca de si me atrevía a intentar ocupar la silla que permanecía vacía a su lado...

Supongo que hay que ser muy loco o muy valiente para ir solo a un concierto de McEnroe. Aunque no fueran del todo McEnroe, ya que esta vez actuaban en formato "trío improvisado" (con "un primo" a la guitarra y David Cordero -de Úrsula- a la batería). Pero daba igual mientras estuviera la voz estremecedora de Ricardo Lezón al frente. Hiriendo en cada nota. Rasgando partes de nosotros que no dolían antes de que empezara a cantar desde esas letras capaces de tocarte el alma hasta hacerte un daño tan necesario. Haciéndonos llorar por dentro. Porque la música de McEnroe tiene algo de mar: es capaz de mecerte mansamente si te dejas llevar, casi hipnotizado por la belleza de sus melodías (son especialmente asombrosos los acordes de guitarra en sus canciones), pero también de darte un revolcón si las olas de repente aprietan, hasta el punto de correr el riesgo de ahogarte en su voz, en sus canciones. 

Y sin embargo, incluso con el corazón encogido a costa del dolor que encierra la poesía desgarrada de sus letras, y esa voz a ratos lastimosa, doliente, emocionante hasta un punto difícilmente definible de Ricardo, uno termina despertando en la orilla después del naufragio. Y es posible que incluso la sal del agua de ese mar ayude, al final, a curarnos -de algún modo- las heridas.



sábado, 17 de marzo de 2012

Música para corazones incendiados

*Crónica del concierto del 2 de marzo

Hay algo maravilloso en la música. Algo que te permite salir con una sonrisa de un concierto en el que todas (o casi todas) las canciones suenan tristes, desgarradas, oscuras y profundas. Algo que te acaricia el alma cuando sientes una armónica que se cuela hasta el fondo del corazón o las notas de un piano estremeciéndose con tu cuerpo en el asiento. Y es algo que no acertamos a explicar. Algo a lo que –casi diría que- renunciamos a explicar.

Puede que de eso se trate al fin al cabo el rompecabezas que A jigsaw proponen en su nombre: de no intentar resolverlo, de sencillamente dedicarse a disfrutar de cómo se mueven las piezas descolocándolo todo para que de alguna manera pueda estar en su verdadero sitio. Disfrutar de cómo la guitarra acústica acompaña todo el tiempo la voz grave, profunda, coheniana de João Rui apoyada a veces en pianos, teclados, auto harpas, percusión y demás instrumentos cuyo nombre ni siquiera conozco. Resulta asombroso que tan sólo dos músicos consigan recrear todas esas sensaciones así, con esa maravillosa armonía que mostraron sobre el escenario llenando el aire de música, de sentimiento, de arte. Y eso que les faltó el acompañamiento de un tercer miembro, la chica que según nos comentó con simpatía João había sido operada el día anterior “pero estaba bien, tranquilos”. Hicieron una de esos recitales que podrían calificarse de emocionantes, sin ningún tipo de alarde ni despliegue pero llenándolo todo. Incluso el silencio. En un ambiente recogido y respetuoso sobre el pequeño escenario del auditorio del CICUS, desgranaron un repertorio basado esencialmente en sus dos últimos discos (Like the wolf y Drunken sailor & happy pirates), pero que incluía también varias caras B y temas de EPs incluso editados en cinta de cassette (“para aquellos a los que les gusten los coches viejos”, en una divertida dedicatoria de João).

E incluso para alguien que, como yo, se acercara a verlos por primera vez y desconociera las canciones (y en consecuencia la inmensa mayoría de sus títulos), resultaba inevitable no dejarse invadir por esa voz profunda en temas como The strangest friend, con esos teclados tan de Leonard Cohen, emocionarse hasta casi sentir escalofríos en los temas donde acompañaba la armónica o admirar la capacidad de cantar –en ocasiones- líneas de alguna estrofa sin instrumento alguno más que la voz y el silencio alrededor de ella. Y admirar el sentido artesanal de sus melodías, tan ricas en instrumentación que incluso llegaban a echarse de menos a veces los violines sin haberlos escuchado nunca previamente. Y sonreír con las referencias literarias mencionadas por João Rui, como Steinbeck o Tolstoi, sabiendo de antemano que alguien que canta así no puede sino amar los libros como la música. A este último incluso dedicaba una canción, acaso la más emocionante de todo el repertorio para mi gusto, la inmensa No more que no me dejó más opción que buscar su disco a la salida del concierto; no como un gesto de apoyo hacia un grupo que había dado un extraordinario concierto, sino casi como una necesidad. Quería poder escuchar otra vez sus canciones cuando ellos ya no estuvieran sobre aquel escenario.

Aunque incluso entonces aún me duraría la sonrisa que consiguieron sacarme con la autenticidad que transpira la música en cada una de sus grandes –y tristes- canciones.

lunes, 31 de octubre de 2011

El "milagro" Vetusta


Como ya hicieron la última vez en Territorios, Vetusta Morla se fueron sin cantar Al respirar y yo me quedé con las ganas de dejarme por enésima vez la garganta durante el concierto. Pero a esas alturas ya casi no importaba ser quien ponga el aire, teniendo en cuenta que acababan de dejarnos durante casi más de dos horas sin apenas respiración.

Abrieron con Los días raros, acaso mi favorita de su último disco y perfecta para un comienzo de concierto; guiada por ese teclado casi hipnótico al que se van sumando los demás instrumentos en una cadencia asombrosa y precisa como el engranaje de un reloj. Y fue un aviso de lo que nos encontraríamos durante todo el concierto: la voz de Pucho en plenitud (salvo un par de instantes de duda que hicieron -falsa alarma- temer por su integridad esa noche), una banda de sonido tan denso -y no obstante, limpio- como pletórico (especialmente brillantes los teclados y la batería marcando el ritmo en esa apertura) y un público entregado desde el primer acorde. La interpretación fue arrebatadora hasta el punto de que más parecía uno de los bises que el principio del concierto. Pero, afortunadamente, era tan sólo el comienzo.


A partir de ahí, desgranaron sin apenas descanso un repertorio basado mayoritariamente en temas de su segundo trabajo (Mapas) a los que dotaron de una energía en muchas ocasiones superior a la ya mostrada en el disco. A ello contribuyó notablemente el aporte del público, rabioso por corear cada estribillo y aplaudir con fuerza en cada canción, haciendo imposible que no sucediera una comunión casi perfecta con la banda. Y lo cierto es que me sorprendió la robustez de un setlist en el que entraron todas las canciones de su nuevo disco, ése que -en general- parecía despertar más dudas que el de su debut. Sin embargo, en directo apenas se resintió de la aparente "irregularidad" que en ocasiones me transmitía Mapas al escucharlo. Claro que, evidentemente, no estamos hablando de unos novatos en esto de dar conciertos, y Vetusta mezclaron muy hábilmente su nuevo trabajo con grandes "trallazos" de Un dia en el mundo, como la canción homónima, Copenhague, Rey sol, Sávese quien pueda o Valiente (estas dos últimas encadenadas sin apenas un instante de silencio entre medias, en uno de los momentos álgidos de la noche).

Mucho se les ha criticado desde ciertos sectores si eran un grupo que se había vendido al éxito o si precisamente el revuelo creado tras el sorprendente (casi milagroso) boom de su disco de debut podría haberlos perjudicado para abordar su segundo álbum. Y sinceramente, si alguien tiene dudas al respecto de su música, que (se) haga el favor de escucharlos en directo. Podrán achacarles que recuerdan en ocasiones más o menos a Radiohead -banda a la que no cabe la menor duda que admiran, pues sus melodías y especialmente las secciones rítmicas remiten a ellos de forma recurrente- o que la voz tan personal de su cantante te transmita más o menos (sobre gustos no hay nada escrito, claro...), pero lo que es indisctutible es que estos tipos se lo dejan todo en un escenario. Y que lo hacen bien, muy bien incluso. Que el sonido que consiguen es realmente impecable (cómo se agradeció esta vez que el recinto fuera un lugar acondicionado para música en lugar del descampado utilizado en el Territorios), y haciendo una música que dista bastante de los cánones imperantes entre los grupos de este país. Podrían fácilmente haber seguido la senda del hit inmediato que tan bien exploraron en su primer disco y, sin embargo, han optado por abrir otros caminos a nivel melódico y rítmico, con canciones de mayor complejidad en su desarrollo. Y no contentos con ello, además las llevan al escenario con precisión y energía, mejorándolas con una mayor potencia en las guitarras y una batería imparable que tira de las canciones en casi todo momento. No es que lo tuvieran difícil para que el público se volcara (había una predisposición total por nuestra parte), pero a fe que sobre el escenario se ganaron todo el entusiasmo generado con una actitud que para sí quisieran muchos grupos infinitamente más radiados o con más años sobre las tablas (y más ceros en la cuenta corriente por la venta de sus discos).


A pesar de la duración del concierto (cercana a las dos horas), creo que todos nos quedamos aún con ganas de más después del cierre apoteósico en el que encadenaron Un día en el mundo (acaso una de sus canciones más exitosas) y la frenética La cuadratura del círculo, en la que a Pucho asombrosamente aún le quedaba voz (estuvo a un nivel realmente impresionante durante todo el concierto) para seguir haciendo alardes e incluso escucharse por encima de un auditorio completamente entregado a corear a una banda que demostró que, para ellos, hacer música y compartirla con su público aún sigue siendo lo fundamental, por encima de ventas, posturas o etiquetas.

Y, aunque -como dijo el propio Pucho- hacer música en estos días sea "casi un milagro", que sigan así por mucho tiempo. Y que nosotros lo veamos.

lunes, 8 de agosto de 2011


Tiene apenas tres años y los pies descalzos. Juega a bailar sobre la hierba sin saber siquiera lo que significan las palabras que intentan describirla mientras se mueve de un lado a otro sin que nada pueda detenerla o siquiera explicarla. Gira, salta, se desplaza de la hierba al poyete, se tumba, se revuelve, la persiguen, se escapa, salta al suelo y vuelve otra vez a empezar como si no hubiera hecho nada, como si cada vez que lo hace fuera la primera. Y no es posible dejar de mirarla mientras hace todo eso, aunque haga ya dos o tres canciones que Alondra Bentley empezó a cantar desde sus puntos suspensivos (...) con esa voz maravillosa que parece hecha para una noche de verano llena de estrellas y una pequeña luna preciosa acunada sobre el cielo azul.

Había estado escuchando su disco (Ashfield Avenue) en los días previos con la sensación de que le faltaba algo, de que no terminaba de romper a pesar de que -ahora me doy cuenta- a cada escucha iba faltándole cada vez menos conforme iban creciendo sus canciones dentro. Pero al primer acorde que sonó sobre el escenario ya no faltaba nada: la voz de Alondra Bentley lo llenaba todo con suavidad y dulzura, más cálida aún en directo que en el propio disco. Acompañada por dos músicos que alternaban el contrabajo y la guitarra con el piano y otros instrumentos de aire folk y le hacían los coros, a su actuación parecía no faltarle uno solo de los arreglos de estudio. Como tampoco debió faltarle canción alguna por tocar, a pesar de que a mí aún me cueste reconocer por el nombre algunas de ellas. Sí reconozco la inmensa Still be there y su maravillosa melodía plagada de nostalgia, acaso uno de los momentos más magícos de la noche. Y en ellos, o tal vez antes o después de ellos, uno se pregunta por qué esta chica es tan desconocida que agradece con auténtico entusiasmo que haya unas 100 personas viéndola cuando yo ni tan siquiera había pensado que hubiera mucho público ese día. Porque hay un mundo debajo de la mercadotecnia que hace que Russian Red sea una figura mediática mientras gente como Alondra Bentley o Marina Gallardo, con -para mi gusto- bastantes más argumentos a su favor en sus primeros discos, no obtengan el reconocimiento que merecerían. Pero a pesar de todo, queda la esperanza de que la música sobrevive inexplicable a la dictadura de la imagen, las ventas o el éxito. Y da igual que Alondra Bentley no sea tan conocida o que, como Adele, nunca vaya a ser imagen de portada de una revista de moda a pesar de ser incuestionablemente hermosa.

Porque cuando ella canta esas canciones, da igual todo lo que digan o dejen de decir las palabras que intentan explicarla. En ese preciso instante, sucede como con aquella niña de los pies descalzos a la que no podemos dejar de mirar: uno quizá no puede explicar porqué, pero sabe que no quiere perderse ni una milésima de segundo de lo que está viviendo a través de ella.

Y que si hay algo en lo que merece la pena creer en este mundo es en la música, en la belleza, en la poesía que nunca conseguimos explicar sin llegar a vivirla.


"Sun will still be there
when we, we don't even care.

And truth proving endlessly while we,
cynic as can be,
can't even smile."

(Still be there.- Alondra Bentley)



domingo, 3 de julio de 2011

"Music is my savior"


"Las noches de insomnio,
las tardes de hastío.
No estoy para bromas.
Y no tengo prisa,
estoy tan vacío...
Solo necesito aire
para respirar..."

(Las noches de insomnio.- Niños mutantes)




Quizá la razón más poderosa para la importancia vital de la música en mi forma de ver el mundo es que todo tiene sentido mientras haya una canción que sigue sonando, que mientras no hayan dejado de tocar sabes que -aunque sigan estando ahí todo del tiempo- no vas a escuchar la incomprensión, ni el miedo, ni la soledad, sino tan sólo esa melodía que te para o acelera el corazón, ese ritmo imparable que en un instante determinado no serías capaz de separar del de tus propias pulsaciones o de tu respiración.



"Hell, I´m down on my knees,
I cannot move from here,
I cannot breath,
I need a new heart.

Please don´t leave me with those puppets,

those sorrows frighten me.
Hanging lights across the passage...
don´t run or I´ll be late, later than you.
I want to talk but without any word,
without speaking.

Please don´t leave me with those puppets,

those sorrows frighten me.
Hanging lights across the passage...
don´t run or I´ll be late.

This is the sands of nowhere where time gets longer,

quick sands that drowns me when I miss you.

Oh! rush inside my bones, my veins, my new heart,

a new life but not to cry my sorrows tonight.

Please don´t leave me with those puppets,

those sorrows frighten me.
Hanging lights across the passage...
don´t run or I´ll be late.

This is the sands of nowhere where time gets longer,

quick sands that drowns me when I miss you."

(Hanging lights.- Sexy sadie)



PD: el título de la entrada pertenece a Sunken treasure, de Wilco.

martes, 21 de junio de 2011

Música


(Elisa)




Llevo diez minutos pensando la primera línea con la que empezar a escribir y de repente me descubro tarareando sin querer una melodía de piano que trato de reproducir a base de silbidos. Como siempre, supongo que las metáforas de cualquier tipo lo dicen todo mucho mejor que las palabras. En el fondo, y hablando de música, tal vez se trata sencillamente de eso: de no saber explicarlo pero -de alguna manera- entenderlo a la perfección.

En estos tiempos que corren a toda velocidad, la música -el arte en general- es cada vez más víctima de la inmediatez, de un mercantilismo salvaje que trata de poner cada vez más un precio y unos plazos a aquello cuyo valor es incuantificable y cuya esencia es -en definitiva- la atemporalidad. Proliferan, cada día más, los artistuchos de usar y tirar, los recopilatorios de grupos con apenas dos discos a sus espaldas, los cantantes salidos de series, las películas hechas a partir de videojuegos, los libros que son poco más que un guión para una película, la estupidez indisimulada de hacer pasar por arte la vil mercancia en que han convertido todo. Y en esa vorágine, es tan fácil perder de vista el horizonte que se acaba simplemente buscando llegar al mayor número de gente posible a través de algo o de alguien sin tener realmente nada que decir. O aún peor: haciéndonos creer que quieren decirnos algo importante cuando ni siquiera saben -porque ni siquiera saben- de la importancia que tiene aquello que tratan de vendernos.

Ante ese panorama, internet brinda unas benditas (o para algunos malditas) posibilidades que nos permiten huir de la música prefabricada, de las radiofórmulas, del éxito masivo e indiscriminado de "crepúsculos y triunfitos". Hace ya algunos días descubrí en el Territorios a un tipo maravilloso llamado Neil Hannon, alma y voz de The divine comedy, a quien apenas había escuchado y que a solas con un piano o con la guitarra acústica era capaz de llenar el escenario de música -de alma- como nadie más lo hizo en todo el festival. Y apenas hay constancia de ello en las radios, o en su repercusión incluso en los medios especializados. Como tampoco la hay de una chica italiana de voz maravillosa llamada Elisa que me encanta y de la que el destino me permitió comprar en su momento un disco con un maravilloso concierto suyo a costa de perderme otro de Quique por un (in)oportuno viaje. Ambos tienen canciones que justifican por sí solas haber grabado un disco, y tienen ese aire inclafisicable y distintivo que permite separar el grano de la paja sin apenas esfuerzo ni enrevesadas explicaciones. Canciones que no es necesario explicarnos, porque tan sólo escuchándolas uno sabe -de alguna manera- que son diferentes. Que dicen algo porque pretenden decirlo, porque transmiten algo, y no sólo persiguen una cuota de alcance, una cifra de ventas o llenar un estadio. Aunque irónicamente en sus respectivos países incluso consigan hacerlo. Aunque en este absurdo país nuestro los ignoremos y nos perdamos entre miles de grupitos de inspiración pseudo-flamenca-rumbera, jovencitos rockeros que cantan para fans aún más (o menos) jovencitas y demás parafernalia estadounidense y británica salida de la manga de cualquier película o revista de moda que nos bombardea con ellos como a una masa aborregada a todas horas, incidiendo en unas cualidades tan superficiales que ni siquiera merecen la calificación de talento o de arte.

Por fortuna, aún queda un mundo maravilloso de música por descubrir fuera de los caminos marcados por el consumo o el mercantilismo.

A fin de cuentas, se trata no de vivir de la música sino de vivir la música.


Y en eso estamos, claro.


Tarareando aquello que sólo puede salir de dentro porque, de alguna forma, tiene la capacidad de entrar en nosotros :)


Feliz día de la música.




"No matter how I try,
I just can't get her out of my mind
And I when I sleep I visualize her

I saw her in the pub,
I met her later at the nightclub
A mutual friend introduced us
We talked about the noise
And how its hard to hear your own voice
Above the beat and the sub-bass
We talked and talked for hours..."

(Our mutual friend.- Neil Hannon)



miércoles, 16 de marzo de 2011

Ángeles caídos

A veces uno se arrepiente y bendice su ignorancia a partes iguales. Hoy he descubierto una versión de Ángel caído, de Antonio Vega, a cargo de Enrique Morente. Resulta que fue, al parecer, la última canción que grabó antes de caer enfermo y fallecer al cabo de pocos días después. Resulta que esa canción fue grabada como parte de un documental en el que Enrique le canta a poemas de Picasso, y al parecer eligió también esa canción porque está compuesta por Antonio a Van Gogh. Y resulta maravilloso comprobar cómo el arte llama al arte de una forma tan asombrosa, tan hermosa, tan impactantemente estremecedora. Desconozco la obra de Morente más allá de ciertas (magníficas) referencias, pero admiro profundamente la poesía de Antonio. Me entristece no haberle prestado más atención en vida a Morente tras descubrir hoy algo así, pero a la vez me alegra saber que tengo tanto por descubrir de su obra a raíz de una "simple" canción.



¿He dicho simple? Perdón. Nada más lejos de la realidad. Escuchen esta obra de arte. En serio. No se conformen simplemente con oirla. No le den al enlace del vídeo sólo por curiosidad. No. Escúchenla. Siéntanla (cosa que es inevitable hacer si realmente la están escuchando). Se trata de una de las interpretaciones más estremecedoras y artísticas que en estos momentos mi memoria recuerde haber visto. Se trata de don Enrique Morente cantándole a Vincent Van Gogh, a su pintura, al arte, a la música y al genio del propio Antonio en su homenaje al poco de fallecer (siempre se van los mejores, por desgracia). Y todo ello llevándose la canción a su territorio flamenco, fusionando de verdad y no como toda esa gente a la que se le llena la boca hablando de fusión, de estilos, de -en definitiva- simplistas etiquetas. Lo que este hombre hace sobre el escenario no es otra cosa que verdadera y estremecedora música imposible de catalogar, arte en su más pura esencia, sentimiento de verdad, poesía más viva que nunca, latiente, salida de lo más jondo de las entrañas de un auténtico artista.

A veces, en días como hoy, escuchando a Antonio en la voz de Enrique, no hay otra opción que creer en la música, en el arte, en la poesía. Que creer en la idea, más o menos absurda pero cierta -hoy más rotundamente cierta que nunca-, de que una "simple" canción puede hacer de este mundo un sitio un poco, aunque sólo sea un poco, mejor en el que sentir.

Gracias por la (pen)última lección, maestro(s).



(y por sacarme las palabras -dormidas- para hablar de música, de arte, de poesía :)




*foto: en mi mente, al sacarla, recuerdo la Noche estrellada de Van Gogh...




"Veo en el pincel
amarillenta luz, la del café.
Aires del campo que respiran lienzos
y papel.
Lámpara de alcohol,
estrella quieta de tu habitación.
'El cielo con las manos'
dejó de ser una expresión.
Oculto tras el girasol
anida un sueño de impotencia.
Culpable y fiel a tu dolor,
violado por el ángel caído
que vive en el pincel,
peinando trigo, desgarrando piel.
Pintando autorretratos
y así poderse conocer...
Hijo del color
que en el silencio ahogó
su propia voz.
Señor del mundo en el que hoy
vivimos tú y yo.
Oculta en sombras de farol,
se agita oscura la conciencia
culpable, fiel a tu dolor
violado por el ángel caído que
vive en el pincel
peinando trigo y desgarrando piel..."


(Ángel caído.- Antonio Vega)


domingo, 17 de octubre de 2010

Felicidades



"Sé de sobra que cuando hablo de Quique González no soy un observador imparcial, ni probablemente sea muy objetivo analizándolo. Tampoco lo pretendo, porque la mayor grandeza de su música es que ha conseguido precisamente eso: que no pueda pensarla como algo distante de mí mismo, como algo ajeno sobre lo que pueda analizar fríamente. Que yo no pueda simplemente escucharlo, sino que tenga que sentir sus canciones."



(Extracto de la crónica del 22 de junio de 2006, primer concierto suyo al que asistí)



Aunque a veces lo parezca, no soy ninguna clase de mitómano, ni el típico seguidor fanático que busca autógrafos, fotos o cualquier acercamiento a su cantante favorito. Es más, ni siquiera había caído -en realidad- en que hoy era su cumpleaños. Pero una vez dicho esto, ¡Qué demonios! Si alguien se merece una actualización así -por algo tan accidental y mundano como el hecho de cumplir años- no puede ser otro que él...


Nuestro querido músico de guardia favorito :)





"Cuando vi que te perdía por la puerta de salida
me apretaba el corazón, me acorraló la policía
y se vino abajo el techo,
consecuencia del incendio que brotó.
Cuando vi la forma en que me conocías:
la manera de mirar, el modo de entender la vida,
los espacios donde miras,
gracias Fito Quique por decir exactamente lo que vi.
Ya vendrán noches más frías
si no vuelves a entrar,
ya vendrán a la guarida de la soledad.
Ya vendrán noches mas frías
si no vuelves a entrar,
ya vendrán y me tendré que acostumbrar.
Cuando viste que sólo era un suicida kamikaze,
un egoísta irresponsable a punto de romper el cable,
con querencia a la bebida avería,
sólo un loco que decía 'no te marches, por favor'
personal, intransferible y -casi- sin redención.
Cuando viste que tan sólo a duras penas
me podía levantar, curaste todas mis heridas.
Me solías esperar y es por eso que ahora
sé que no podría prescindir de vos ti.
Ya vendrán noches más frías
si no vuelves a entrar,
ya vendrán a la guarida de la soledad.
Ya vendrán noches mas frías
si no vuelves a entrar,
ya vendrán y me tendré que acostumbrar."


(Fito Quique.- Quique González)

lunes, 21 de junio de 2010

Día de la música

"To you this may be nothing, It's something to me..."

(This raging light.- David Fonseca)



Por pura casualidad (o -tal vez- mejor dicho, causalidad) he llegado a la música de un artista portugués llamado David Fonseca. Primero leí su nombre en una entrada de un blog musical y apunté mentalmente como tarea pendiente investigar sobre él y su música. Luego me olvidé de hacerlo, claro. Pero a los pocos días, de repente, se asomaba la portada de su último disco desde la estantería de unos grandes almacenes y lo interpreté como una señal que no debía pasar por alto. Y en ese punto decidí escuchar alguno de sus discos aprovechando las facilidades que hoy día nos da internet. Opté por el penúltimo (creo) en lugar de por el que me había encontrado, de forma que en lugar de entre las olas me encontré de repente soñando en colores.

A decir verdad, no recuerdo tener una sensación de especial asombro o de nada que me llamara demasiado la atención al escucharlo. Quizá también fuese porque no se debería escuchar música que no se conoce demasiado mientras se hacen otras cosas, pero no pensé que fuera a volver sobre ese disco en poco tiempo... hasta que sonó una canción. Tuve que abrir la ventanita de cierto programa de música online para darle al botoncito anterior y quedarme con el nombre. Se llamaba -y se llama, claro- This raging light y es motivo suficiente para editar un disco. O, al menos, a mí me lo parece.




A veces ocurre que una canción se te mete en la cabeza y no sabes explicar por qué, ni te importa. Luego, pasan los días y empiezas a buscar motivos: desde la voz profunda del propio David, que empieza casi recitando a lo Leonard Cohen, pasando por esos arreglos iniciales que a mí -desde mi desconocimiento- me llevan hacia aromas de fado y llegando a ese ritmo imparable que alcanza la canción con los samplers de fondo y los instrumentos subiendo de revoluciones. Me parece una melodía de una riqueza inusual y con una frescura que se echa en falta en la mayoría de propuestas actuales. Por ahí me lleva hacia ese toque melódico que tanto me gustaba de Nelly Furtado en sus comienzos, con aquel disco maravillosamente exótico y diferente que fue -que es, que sigue siendo- Whoa Nelly o -en menor medida- Folklore, antes de que se pasara definitivamente al grupo de artistasvendediscosquecolaboranconproductoresestrella para convertirse en una Shakira más.

Y me recuerda también, de algún modo, a otra maravillosa desconocida: la italiana Elisa Toffoli, más conocida sencillamente como Elisa. Supongo que es un poco porque también canta en inglés, a pesar de ser mediterránea, y -esencialmente- porque, como él, hace buena música. Buenísima, de hecho, en el caso de mi querida Elisa (de la que ya si eso hablaré con mayor detenimiento en otra ocasión). Y el caso es que en ese punto me encuentro pensando en que el tal David Fonseca es un ídolo en su país moviendo a las masas en festivales, y Elisa llena estadios en Italia hasta el punto de hacer espectáculos artísticos globales como si fuera una estrella de la música estadounidense. Y aquí, en España, uno mira quienes llenan estadios y casi le da por echarse a llorar. Igual que si uno mira cuánta gente propone cosas diferentes con su música. A cuánta gente que de verdad se arriesga con sus canciones, que trata de transmitir algo a alguien más que de simplemente llegar a mucha gente se le otorga, al menos, la mitad del reconocimiento que merece. Y a uno, pensando en eso, no se sabe si le entran ganas de celebrar o no el día de la música.

Pero de repente viene Elisa y canta:

"Music is the reason why I know time still exists"

(La música es la razón por la que sé que aún existe el tiempo)





Y entonces, todo vuelve a estar un poco más en su sitio.


¡Feliz Día de la Música!

miércoles, 12 de mayo de 2010

Memoria de un poeta


”Un duelo salvaje advierte
lo cerca que ando de entrar
en un mundo descomunal,
siento mi fragilidad…
Vaya pesadilla, corriendo
con una bestia detrás.
Dime que es mentira todo,
un sueño tonto y no más.
Me da miedo la enormidad
donde nadie oye mi voz…”

(Lucha de gigantes.- Antonio Vega)



Puede que haga unos seis o siete años que grabé aquella cinta –un cassette de los de toda la vida- en el equipo de música comprado un par de meses antes. Era por aquel entonces la única con duración de 90 minutos que tenía, y puse a grabar el concierto básico que emitían una tarde/noche de domingo en aquel verano. Emitieron el Básico de Antonio Vega y aquel concierto se quedó grabado en la cinta para siempre. Como sólo duraba una hora, poco a poco fui rellenando el tiempo restante con más canciones. Un día emitieron un programa en M80, en el que Santi Alcanda hablaba de poetas urbanos o algo similar, y “pinchaba” canciones de Enrique Urquijo, Antonio Vega y Quique González. Creo que fue en aquel programa en el que escuché la versión de Bajo la lluvia (un directo en Bilbao) por la que poco tiempo después me compré Salitre48. Eran tiempos en los que aún no tenía internet, así que recopilaba música “artesanalmente” conforme sonaba a través de la radio. Hace algo más de dos años que perdí aquella cinta, y no puedo evitar echarla en falta cada cierto tiempo cuando recuerdo que no puedo volver a escucharla. Había pasado -casi inmediatamente- a convertirse en mi favorita de entre todas las que había grabado en esa época. A pesar de que no estaban todas las canciones del Básico de Antonio, y de que Enrique sólo tocaba con Los problemas (en lugar de hacerlo con Los Secretos, por los que yo lo conocía hasta entonces). A pesar de que seguía faltando un dueto, porque Quique y Antonio nunca habían colaborado hasta entonces y ya nunca vayan a poder hacerlo.

Hoy hace un año que murió Antonio Vega, víctima de un cáncer de pulmón a la edad de 51 años, y aunque es cierto que desde hace bastante tiempo ya era casi un fantasma de sí mismo, es inevitable sentir una cierta -y honda- tristeza dentro de uno mismo por su pérdida. Aunque en los últimos tiempos ni siquiera pudiera verlo cantar porque me daba una lástima enorme comprobar el estado en el que se encontraba, me alegraba saber que seguía dando conciertos, haciendo que la música formara parte de su vida como siempre lo ha sido ella -su propia vida- de sus canciones de forma triste y hermosa hasta cotas difícilmente explicables sin conocerlas. Y es inevitable, sin embargo, la tristeza; porque cada vez que se muere un poeta -sólo hay que prestarle atención a algunas de sus canciones para disipar las dudas acerca de que Antonio lo era- las palabras se nos quedan un poco más temblorosas de lo habitual, tiritando de ese frío repentino que provoca su ausencia y la triste certeza de que él ya no volverá a poder elegirlas para ser parte de alguna de sus maravillosas canciones.

E igual que no podré olvidar nunca aquella cinta aunque se perdiera, tampoco olvidaré nunca la música -la poesía- de Antonio Vega, por más que ya haga un tiempo que se ha ido definitivamente a descansar en su particular y eterno sitio de recreo.



”Donde nos llevó la imaginación,
donde con los ojos cerrados
se divisan infinitos campos.

Donde se creó Ia primera luz
germinó la semilla del cielo azul,
volveré a ese lugar donde nací .

De sol, espiga y deseo
son sus manos en mi pelo.
de nieve, huracán y abismos
el sitio de mi recreo.

Viento que en su murmullo parece hablar
mueve el mundo y con gracia lo ves bailar
y con él el escenario de mi hogar.

Mar bandeja de plata, mar infernal,
es un temperamento natural ,
poco o nada cuesta ser uno más.

De sol, espiga y deseo
son sus manos en mi pelo,
de nieve, huracán y abismos
el sitio de mi recreo.

Silencio, brisa y cordura
dan aliento a mi locura.
Hay nieve, hay fuego, hay deseos
allí donde me recreo.”




viernes, 23 de abril de 2010

La dimensión reconocida



"Aunque me vistas de negro, seguiré siendo de pueblo..."
(The New Raemon; sala Fun club, 16/04/10)


Como si de un chiste (malo) del propio Ramón Rodríguez (alma máter de The new Raemon) se tratara, entré buscando aparcamiento por una paralela a Resolana y tras diversos callejeos inverosímiles y un no-giro a la derecha de lo más inoportuno aparecí en la Encarnación en una maniobra digna de haber sucedido en La dimensión desconocida . Llegué, a pesar de todo, con los pies más mojados de lo deseable pero las ganas intactas de concierto, justo a tiempo para escuchar al telonero -Dani Llamas- que me sorprendió gratamente: sonido muy americano de folk-rock acústico y buena voz. Posiblemente no lo más indicado para calentar a un público de noche lluviosa, pero sí interesante para merecer una segunda escucha con más calma en otro momento.

A continuación salió The new Raemon, con el propio Ramón a la cabeza (y barba) acompañado de bajo, guitarra, batería y teclados para dar comienzo con el verdadero concierto esperado por todos allí. Y, sin duda, no decepcionó lo más mínimo en su propuesta. Comenzó tocando temas de su segundo disco (La dimensión desconocida), como la sencilla Estupendamente o la siempre pegadiza e imparable Sucedáneos, que mejoran en directo las versiones grabadas en el estudio (si bien eso es algo que hizo durante toda la noche con todo lo que fue tocando). Además, a las primeras de cambio -casi diría que sin tiempo para prevenirse- soltó una de las balas que yo hubiera dejado en la recámara hasta más tarde tocando la inmensa Por tradición, con la que se ganó ya por completo al público (si es que no lo tenía ganado de antemano).

Leí una vez a Zahara dicendo de esa canción que era “una de las más emocionantes que había escuchado durante 2009”, y lo cierto es que no puedo definirla de un modo mejor. Porque Por tradición es una de esas canciones que justifican un disco por sí solas, que te estremecen siempre en el momento más (in)oportuno; una de esas canciones que, en definitiva, no puedes evitar que te hablen directamente a los ojos y te alcancen hasta lo más hondo del corazón.



Una de las cosas que más me llaman la atención de Ramón es su bendita inquietud artística. Además de ser la voz cantante de uno de los grupos –para mi gusto- más interesantes de la escena indie pop-rock nacional (los magníficos Madee), tiene esta suerte de “proyecto paralelo” en el que da rienda suelta a un estilo tan peculiar como interesante que es el sonido de The new raemon, una especie de híbrido de cantautor moderno y banda indie-pop con un estilo y un sentido del humor muy particulares, capaz de reírse de sí mismo constantemente y, a la vez, de llegar a describir sentimientos que te llegan con una facilidad y sencillez pasmosa en sus canciones. Durante la noche siguió desgranando más y más temas de su último disco, como la homónima La dimensión desconocida, Variables o Dramón Rodríguez. También intercaló, cómo no, grandes temas de su primer disco (“ése del que todo el mundo dice que mola más”) como Saben aquel que diu -con reivindicación del gran Eugenio por parte de un divertido Ramón-, La cafetera o Fuera complejos, así como canciones de sus EPs como la preciosa y emocionantísima Vale por todo lo bueno, las versiones de Nueva (buena) Vulcano Mano izquierda y Te debo un baile (especialmente hermosa su interpretación de esta última solo a la guitarra acústica) o la sorprendentemente optimista – hablamos de Dramón, claro- La mesa redonda, quizá una de sus canciones más luminosas y brillantes. Merece una mención especial la versión en directo de ¡Hoy estreno! con mucha más participación de guitarra en su parte final que en el disco, que incluso hizo pensar en si no sonaría aún mejor el repertorio con algo más de protagonismo eléctrico en la mayoría de temas.

Y para terminar, sonaron todos los clásicos y un quejido lastimoso, varios puntos de sutura, todos los clichés de una ruptura. Y a fe que no había mejor forma de hacerlo que con éxitos tan rotundos -además de celebrados por el público- como esas maravillosas (y tristes) historias cantadas por el gran (D)Ramón en Hundir la flota o Tú Garfunkel , en las que el peculiar lenguaje de su autor alcanza las mayores cotas de emoción mediante sus giros de voz tan acertados como de costumbre y a base de sencillas pero impactantes imágenes cotidianas (siempre me ha parecido inmensa la frase y abrazamos las cucharas, para ver si alguna encaja). Canciones que, a pesar de su mínima difusión mediática, son capaces de llegar mucho más lejos dentro de la gente que la inmensa mayoría de lo que suena por las radios hoy en día.

El concierto fue, en definitiva, una demostración del crecimiento imparable de Ramón Rodríguez como artista, de cómo sus canciones crecen sobre el escenario al margen de lo que ya sonaba tan bien en sus discos y la confirmación de que –a estas alturas- le quedan ya bien pocos complejos de los que deshacerse mediante sus canciones como The new Raemon.

miércoles, 14 de abril de 2010

De riesgo y fábulas


(Zahara y los fabulosos; Sala Malandar, 19/03/10)


Uno de los riesgos de acudir a un concierto de Zahara es saber que tal vez no encuentre las palabras necesarias para transmitir las sensaciones que crean en mí sus canciones. Sin embargo, quizá sea justo por eso que uno se siente en deuda con ella para tratar de buscarlas -pase el tiempo que pase- desde que ella se ha bajado del escenario.

Pero si hablamos de riesgo, hay sin duda otro mayor en sus propias canciones: el de encontrar de pronto palabras atravesadas, a medio camino entre el corazón y la cabeza unas, otras quizá clavadas en el pecho y, quién sabe, alguna incluso caída al suelo desde la cicatriz -cerrada o no- de cualquier herida. Si nos dejamos llevar por lo que suena en la radio o las etiquetas –las odiosas etiquetas- que la clasifican en un determinado sonido “alegre” o “fresco” quizá no sea lo habitual, pero sí probablemente lo esencial, lo verdaderamente perdurable. Es cierto que Zahara tiene una gran habilidad para tocar canciones extraordinariamente bonitas. Y lo son en el mejor sentido del término, en la mejor tradición pop: sencillas, rítmicas, alegres y pegadizas. En ese sentido me recuerda siempre a grupos como Travis (uno de mis favoritos), y con el sonido eléctrico de su banda –especialmente ahora- las ha dotado de una fuerza con la que es materialmente imposible quedarse quieto al escuchar temas como Merezco, Chica pop, la canción más fea del mundo o Zapatos rojos.



Sin embargo, no es ahí donde radica el mayor talento de Zahara. Su verdadero fuerte, la razón esencial por la que merece -y mucho- la pena ir a verla está en volcar el corazón en las palabras, en entender la música como una emoción incontenible y en cantarla –vivirla- con toda la pasión necesaria. En estremecerte con algo tan sencillo y tan complejo como dos puñeteros versos en los que sientes su dolor y el tuyo con toda su crudeza y su hermosura. Si hay algo por lo que definiría a Zahara es porque –incluso pareciendo a veces casi salida de un cuento- es imposible no creértela cuando canta canciones como Photofinish, Con las Ganas o El lugar donde viene a morir el amor. Porque, a veces, escribe canciones que relativizan etiquetas o conceptos: no es una cuestión de calidad, de estilo o de belleza. Es una cuestión de necesidad, de autenticidad, de emoción.

Quizá ése sea en realidad su secreto: Zahara canta desde las mismas entrañas en las que nacen los sentimientos que genera al escucharla dentro de nosotros.



"Mira el techo abierto, tu corazón inmóvil
está a punto de partirse en millones de colores
y vas a morir en este momento.
Serás afortunado si no deja de doler..."

(El lugar donde viene a morir el amor.- Zahara)

martes, 8 de diciembre de 2009

"No sé qué voy a hacer contigo..."



"Tiembla la luz en el umbral,
resucito con tu latido...
Cualquier motor,
cualquier motivo,
una pequeña emoción.
Un viejo amor,
aquel vestido..."


(Quique González; Sala Q, 5/12/09)



A veces el Sol sale a las diez en punto de la noche y de repente los relojes desaprenden su rutina de medir el tiempo. Podría decirse que algo así sucedió con “mi daiquiri blues en la noche del sábado”. Hacía frío en la calle (mucho frío, incluso) pero lo cierto es que fue muy sencillo entrar en calor una vez que comenzó a sonar la música. Quique salió al escenario, agradeció nuestra presencia allí y contó que estaba muy contento de presentarnos su disco esa noche, abriendo la gira que improvisadamente bautizaba como “Daiquiri Tour”. Lo siguiente en ocurrir fue que se colgó su guitarra acústica y a partir de ahí todo fue tan sencillo como empezar a contar y que se desvaneciera el tiempo durante el resto de la noche.




Un, dos, tres y… tiembla la luz mientras todos los corazones resucitan con el latido de una canción que ya se ha hecho un hueco entre las grandes de su repertorio sin apenas esfuerzo, a base tan sólo de ir deslizando suavemente sus palabras al compás de una melodía que te acaricia casi sin que te des cuenta, de forma que cuando deja de hacerlo ya la echas de menos. No sé qué voy a hacer contigo, pero a esas alturas ya da igual, apenas una estrofa y estamos en sus manos, en su voz, en sus canciones. Lógico que siguiera entonces con Cuando estés en vena, título apropiado a más no poder para adicciones dulces como la nuestra a su música. El sonido en esta gira vuelve a virar a coordenadas ya trazadas en la previa a su último trabajo (Avería y redención #7), retomando la senda emprendida en la grabación de su Ajuste de cuentas: sonido más clásico y americano, en la línea del propio disco pero más enérgico, más intenso pero sin perder por ello una pizca de intimidad. El ejemplo perfecto de esta tendencia fue una maravillosa “reinterpretación” de Hasta que todo te encaje en el que la instrumentación habitualmente suave del comienzo dio paso a un final apoteósico con batería y guitarra eléctrica en todo su esplendor que la hizo aún más emocionante de lo que ya era originalmente.


Y a propósito de que todo encaje, resulta cuanto menos sorprendente el hecho no sólo de que tocara tanto del nuevo disco (lo hizo entero salvo –una lástima- la maravillosa versión de Lapido) sino que apenas hubiera una canción del mismo que desentonara en todo el setlist. Y eso que no sólo de Daiquiri blues vivió el concierto, ya que sonaron grandes joyas de su repertorio con un brillo aún más deslumbrante que en ocasiones anteriores. Así, se fueron intercalando verdaderos “himnos” de su discografía como la inmortal Pequeño rock & roll o la maravillosamente mágica Kamikazes enamorados (a la que tan bien le sienta la vuelta a la batería de un siempre inspiradísimo Toni “Thunder” Jurado) con temas nuevos como la elegante Un arma precisa o ese clásico inmediato en el que prácticamente ya se ha convertido Deslumbrado en los conciertos, una de las más y mejor coreadas de este nuevo disco, especialmente en esa estrofa final apabullante, tan llena de brillo, de energía y de sentimiento.




En esta gira, Quique dispone de una banda incluso más completa de lo que hasta ahora había ido siendo habitual. Con la incorporación de un teclista que lo “libera” de sentarse al piano, los conciertos ganan en intensidad y ritmo, además de aportarle una nueva sonoridad a las canciones mucho más adecuada que reproduzca la presente en el propio disco. Además, el acompañamiento de órgano Hammond y teclados en muchas ocasiones aporta una mayor riqueza al sonido, permitiendo incluso darle nuevos giros o introducir pequeños matices en numerosas canciones (sirvan como ejemplo Hay partida o Vidas cruzadas, ésta en una versión más lenta con toques de country). Mención especial, a propósito de los teclados, para la maravillosa Riesgo y altura en clave de jazz con improvisaciones que sonó en el concierto, creo que poniendo la piel de gallina incluso a aquellos a quienes esa (enorme) "canción en blanco y negro" no les acaba de convencer (no era ése mi caso, por cierto). La vuelta de Toni Jurado a la batería es una noticia realmente espléndida, como atestigua la nueva (antigua) sonoridad de canciones como Kamikazes enamorados o Miss camiseta mojada, que recuperan un esplendor que con su anterior banda -la Aristocracia del barrio- no llegaban a alcanzar. La guitarra del recién llegado David Soler promete, a medio camino entre el clasicismo que tanto se agradece en este sonido americano y ciertos toques puntuales de virtuosismo en los finales, aunque se le note aún algo “forzado” en los automatismos de la banda (recordemos que Jacob, Toni y Quique eran ya Conserjesde noche). No obstante, fue quizá a cargo del pedal-steel cuando regaló sus mejores momentos y demostró que puede aportar grandes cosas al sonido de los conciertos a lo largo de este “Daiquiri tour”. Y de Jacob al bajo (y esta vez incluso al contrabajo) poco hay que decir a estas alturas… sigue en la línea habitual, tan discreto como siempre pero no por ello menos indispensable, necesario, vital en el sonido de la banda (como dice el propio Quique: “si no viene Jacob, yo no salgo”). Pero si algo sigue destacando sobre todas las cosas es el propio Quique González y su voz cada vez más segura, más profunda, más cargada de matices indescifrables capaces de recorrerte la piel, de arriba abajo y desde dentro.


Eso se notó especialmente en la parte acústica, cuando Quique salió a tocar Lo voy a derribar y ante mi sorpresa me dejó totalmente atrapado escuchándola. Pensaba que esa canción no tenía prácticamente nada que aportar en el disco y, sin embargo, cuando la tocó allí, solo con su guitarra y su voz, se convirtió en una canción preciosa que transmite mucho más de lo que parece inicialmente. A continuación, Quique pidió que le dijéramos cual queríamos que tocara y la afortunada fue De haberlo sabido, que cantó con toda la sala estremecida en un absoluto silencio, cargada con esa letra tan hermosa y terrible como un escalofrío para ser disparada desde esa voz con la que cada día canta mejor. Y en el mismo formato aunque creo que algo más tarde cantaría también Conserjes, siempre los eternos Conserjes de noche, con esa armónica interrumpida por nosotros que a pesar de todo ponía la piel de gallina incluso sonando “a destiempo” (si es que puede definirse así, acaso, el detalle de esperar a que el público coree una estrofa por completo). Y, si hablamos de escalofríos, no puedo evitar hablar de Bajo la lluvia, esa canción para la que pasaré toda mi vida buscando las palabras que me permitan definir (aunque sea vagamente) un poco lo que siento al escucharla y que tan bien (tan extraordinariamente bien) sonó en la noche del sábado con todos los instrumentos que siempre deberían sonar en ella.




Siempre reconozco Bajo la lluvia antes del primer acorde, sólo con los punteos previos a empezar a tocarla. Por algo es mi canción favorita de alguien que tiene tantas y tantas canciones favoritas que forman parte de mi vida. Pero al primer acorde de esa canción hay algo que te agarra por dentro sin remedio, y a cada nota se incrementa más y más esa sensación de vértigo, de una emoción indescriptible que tiene que ver con todo y con nada a la vez, como si de alguna manera en ella se resumiera todo lo que significa para mí la música de Quique: desde la tristeza inicial a una agridulce melancolía pasando por la belleza, la poesía y –de fondo, de repente- la esperanza. Y todo ello con delicadeza, primero, acariciándote como si supiera el daño que puede llegar a hacerte una canción y luego, de repente, agarrándote con una fuerza atronadora, con una emoción e intensidad inmensas que culminan en ese estallido final de todos los instrumentos mientras Quique sólo acierta a gritar “llévame” cuando hace ya un buen rato que es él quién nos está llevando a donde quiera con su música.


Y sin duda, Quique sabe bien dónde llevarnos. Quizá fuera ésta la ocasión en la que mejor le haya visto sobre un escenario, con una soltura mucho mayor que en anteriores ocasiones y mayor seguridad en sus canciones y sus cualidades, con esa voz que el tiempo va curtiendo para sonar cada vez mejor, con más riqueza en los matices, en los giros e incluso en las improvisaciones. Me gusta la forma que tiene de tratar las canciones, incluso cuando son detalles tan insignificantes como acabar una canción sin decir una frase (Anoche estuvo aquí terminó en “quise mucho a esa chica” sin atreverse a desear no volver a verla), dejar que el público cante partes que está pidiendo gritar o con esos gestos suyos tan característicos y que tanta pasión por la música transmiten al verlo sobre el escenario.



Hay algo en Quique González que a mí me gusta explicar siempre mediante la palabra “magia”. Unos pueden decir que es talento, otros que es oficio, otros llamarlo inspiración… yo creo que cuando suenan los primeros acordes de Kamikazes enamorados, o cuando uno escucha por primera vez Nadie podrá con nosotros o La luna debajo del brazo lo que ocurre en ese preciso instante tiene mucho más que ver con la “magia”, con esa sensación de maravilla inexplicable que nace de no saber qué está pasando y, sin embargo, ser plenamente consciente de que se está descubriendo algo que, en ese instante preciso, es único e irrepetible. Y en esa categoría, en esa definición subjetiva, irracional y emotiva que personalmente establezco, se encontraría por méritos propios el instante en el que cabe la noche entera del sábado con sus relojes detenidos.


A decir verdad, resulta realmente sorprendente darse cuenta de cómo ha crecido Quique González en este tiempo, de cómo es posible ir a un concierto suyo y encontrarse con que cante veintisiete canciones y falten otras tantas (o más) tan grandes y, sin embargo, salir con la sensación de que en realidad no sobraba prácticamente nada en el concierto. Que se toque su nuevo disco prácticamente entero y canciones como Su día libre o La luna debajo del brazo puedan protagonizar unos bises finales presuntamente guardados para clásicos de su repertorio y ocupen ese lugar de un modo tan natural que apenas se eche en falta nada más. O acaso, ya puestos a pedir, sólo faltaría que hubiera seguido tocando dejándonos caer en sus grandes canciones una y otra vez.


Como si en esa noche los relojes se hubieran detenido para siempre en un instante y el tiempo sólo se midiera en latidos al compás de las canciones.