viernes, 23 de abril de 2010

La dimensión reconocida



"Aunque me vistas de negro, seguiré siendo de pueblo..."
(The New Raemon; sala Fun club, 16/04/10)


Como si de un chiste (malo) del propio Ramón Rodríguez (alma máter de The new Raemon) se tratara, entré buscando aparcamiento por una paralela a Resolana y tras diversos callejeos inverosímiles y un no-giro a la derecha de lo más inoportuno aparecí en la Encarnación en una maniobra digna de haber sucedido en La dimensión desconocida . Llegué, a pesar de todo, con los pies más mojados de lo deseable pero las ganas intactas de concierto, justo a tiempo para escuchar al telonero -Dani Llamas- que me sorprendió gratamente: sonido muy americano de folk-rock acústico y buena voz. Posiblemente no lo más indicado para calentar a un público de noche lluviosa, pero sí interesante para merecer una segunda escucha con más calma en otro momento.

A continuación salió The new Raemon, con el propio Ramón a la cabeza (y barba) acompañado de bajo, guitarra, batería y teclados para dar comienzo con el verdadero concierto esperado por todos allí. Y, sin duda, no decepcionó lo más mínimo en su propuesta. Comenzó tocando temas de su segundo disco (La dimensión desconocida), como la sencilla Estupendamente o la siempre pegadiza e imparable Sucedáneos, que mejoran en directo las versiones grabadas en el estudio (si bien eso es algo que hizo durante toda la noche con todo lo que fue tocando). Además, a las primeras de cambio -casi diría que sin tiempo para prevenirse- soltó una de las balas que yo hubiera dejado en la recámara hasta más tarde tocando la inmensa Por tradición, con la que se ganó ya por completo al público (si es que no lo tenía ganado de antemano).

Leí una vez a Zahara dicendo de esa canción que era “una de las más emocionantes que había escuchado durante 2009”, y lo cierto es que no puedo definirla de un modo mejor. Porque Por tradición es una de esas canciones que justifican un disco por sí solas, que te estremecen siempre en el momento más (in)oportuno; una de esas canciones que, en definitiva, no puedes evitar que te hablen directamente a los ojos y te alcancen hasta lo más hondo del corazón.



Una de las cosas que más me llaman la atención de Ramón es su bendita inquietud artística. Además de ser la voz cantante de uno de los grupos –para mi gusto- más interesantes de la escena indie pop-rock nacional (los magníficos Madee), tiene esta suerte de “proyecto paralelo” en el que da rienda suelta a un estilo tan peculiar como interesante que es el sonido de The new raemon, una especie de híbrido de cantautor moderno y banda indie-pop con un estilo y un sentido del humor muy particulares, capaz de reírse de sí mismo constantemente y, a la vez, de llegar a describir sentimientos que te llegan con una facilidad y sencillez pasmosa en sus canciones. Durante la noche siguió desgranando más y más temas de su último disco, como la homónima La dimensión desconocida, Variables o Dramón Rodríguez. También intercaló, cómo no, grandes temas de su primer disco (“ése del que todo el mundo dice que mola más”) como Saben aquel que diu -con reivindicación del gran Eugenio por parte de un divertido Ramón-, La cafetera o Fuera complejos, así como canciones de sus EPs como la preciosa y emocionantísima Vale por todo lo bueno, las versiones de Nueva (buena) Vulcano Mano izquierda y Te debo un baile (especialmente hermosa su interpretación de esta última solo a la guitarra acústica) o la sorprendentemente optimista – hablamos de Dramón, claro- La mesa redonda, quizá una de sus canciones más luminosas y brillantes. Merece una mención especial la versión en directo de ¡Hoy estreno! con mucha más participación de guitarra en su parte final que en el disco, que incluso hizo pensar en si no sonaría aún mejor el repertorio con algo más de protagonismo eléctrico en la mayoría de temas.

Y para terminar, sonaron todos los clásicos y un quejido lastimoso, varios puntos de sutura, todos los clichés de una ruptura. Y a fe que no había mejor forma de hacerlo que con éxitos tan rotundos -además de celebrados por el público- como esas maravillosas (y tristes) historias cantadas por el gran (D)Ramón en Hundir la flota o Tú Garfunkel , en las que el peculiar lenguaje de su autor alcanza las mayores cotas de emoción mediante sus giros de voz tan acertados como de costumbre y a base de sencillas pero impactantes imágenes cotidianas (siempre me ha parecido inmensa la frase y abrazamos las cucharas, para ver si alguna encaja). Canciones que, a pesar de su mínima difusión mediática, son capaces de llegar mucho más lejos dentro de la gente que la inmensa mayoría de lo que suena por las radios hoy en día.

El concierto fue, en definitiva, una demostración del crecimiento imparable de Ramón Rodríguez como artista, de cómo sus canciones crecen sobre el escenario al margen de lo que ya sonaba tan bien en sus discos y la confirmación de que –a estas alturas- le quedan ya bien pocos complejos de los que deshacerse mediante sus canciones como The new Raemon.

miércoles, 14 de abril de 2010

De riesgo y fábulas


(Zahara y los fabulosos; Sala Malandar, 19/03/10)


Uno de los riesgos de acudir a un concierto de Zahara es saber que tal vez no encuentre las palabras necesarias para transmitir las sensaciones que crean en mí sus canciones. Sin embargo, quizá sea justo por eso que uno se siente en deuda con ella para tratar de buscarlas -pase el tiempo que pase- desde que ella se ha bajado del escenario.

Pero si hablamos de riesgo, hay sin duda otro mayor en sus propias canciones: el de encontrar de pronto palabras atravesadas, a medio camino entre el corazón y la cabeza unas, otras quizá clavadas en el pecho y, quién sabe, alguna incluso caída al suelo desde la cicatriz -cerrada o no- de cualquier herida. Si nos dejamos llevar por lo que suena en la radio o las etiquetas –las odiosas etiquetas- que la clasifican en un determinado sonido “alegre” o “fresco” quizá no sea lo habitual, pero sí probablemente lo esencial, lo verdaderamente perdurable. Es cierto que Zahara tiene una gran habilidad para tocar canciones extraordinariamente bonitas. Y lo son en el mejor sentido del término, en la mejor tradición pop: sencillas, rítmicas, alegres y pegadizas. En ese sentido me recuerda siempre a grupos como Travis (uno de mis favoritos), y con el sonido eléctrico de su banda –especialmente ahora- las ha dotado de una fuerza con la que es materialmente imposible quedarse quieto al escuchar temas como Merezco, Chica pop, la canción más fea del mundo o Zapatos rojos.



Sin embargo, no es ahí donde radica el mayor talento de Zahara. Su verdadero fuerte, la razón esencial por la que merece -y mucho- la pena ir a verla está en volcar el corazón en las palabras, en entender la música como una emoción incontenible y en cantarla –vivirla- con toda la pasión necesaria. En estremecerte con algo tan sencillo y tan complejo como dos puñeteros versos en los que sientes su dolor y el tuyo con toda su crudeza y su hermosura. Si hay algo por lo que definiría a Zahara es porque –incluso pareciendo a veces casi salida de un cuento- es imposible no creértela cuando canta canciones como Photofinish, Con las Ganas o El lugar donde viene a morir el amor. Porque, a veces, escribe canciones que relativizan etiquetas o conceptos: no es una cuestión de calidad, de estilo o de belleza. Es una cuestión de necesidad, de autenticidad, de emoción.

Quizá ése sea en realidad su secreto: Zahara canta desde las mismas entrañas en las que nacen los sentimientos que genera al escucharla dentro de nosotros.



"Mira el techo abierto, tu corazón inmóvil
está a punto de partirse en millones de colores
y vas a morir en este momento.
Serás afortunado si no deja de doler..."

(El lugar donde viene a morir el amor.- Zahara)

martes, 8 de diciembre de 2009

"No sé qué voy a hacer contigo..."



"Tiembla la luz en el umbral,
resucito con tu latido...
Cualquier motor,
cualquier motivo,
una pequeña emoción.
Un viejo amor,
aquel vestido..."


(Quique González; Sala Q, 5/12/09)



A veces el Sol sale a las diez en punto de la noche y de repente los relojes desaprenden su rutina de medir el tiempo. Podría decirse que algo así sucedió con “mi daiquiri blues en la noche del sábado”. Hacía frío en la calle (mucho frío, incluso) pero lo cierto es que fue muy sencillo entrar en calor una vez que comenzó a sonar la música. Quique salió al escenario, agradeció nuestra presencia allí y contó que estaba muy contento de presentarnos su disco esa noche, abriendo la gira que improvisadamente bautizaba como “Daiquiri Tour”. Lo siguiente en ocurrir fue que se colgó su guitarra acústica y a partir de ahí todo fue tan sencillo como empezar a contar y que se desvaneciera el tiempo durante el resto de la noche.




Un, dos, tres y… tiembla la luz mientras todos los corazones resucitan con el latido de una canción que ya se ha hecho un hueco entre las grandes de su repertorio sin apenas esfuerzo, a base tan sólo de ir deslizando suavemente sus palabras al compás de una melodía que te acaricia casi sin que te des cuenta, de forma que cuando deja de hacerlo ya la echas de menos. No sé qué voy a hacer contigo, pero a esas alturas ya da igual, apenas una estrofa y estamos en sus manos, en su voz, en sus canciones. Lógico que siguiera entonces con Cuando estés en vena, título apropiado a más no poder para adicciones dulces como la nuestra a su música. El sonido en esta gira vuelve a virar a coordenadas ya trazadas en la previa a su último trabajo (Avería y redención #7), retomando la senda emprendida en la grabación de su Ajuste de cuentas: sonido más clásico y americano, en la línea del propio disco pero más enérgico, más intenso pero sin perder por ello una pizca de intimidad. El ejemplo perfecto de esta tendencia fue una maravillosa “reinterpretación” de Hasta que todo te encaje en el que la instrumentación habitualmente suave del comienzo dio paso a un final apoteósico con batería y guitarra eléctrica en todo su esplendor que la hizo aún más emocionante de lo que ya era originalmente.


Y a propósito de que todo encaje, resulta cuanto menos sorprendente el hecho no sólo de que tocara tanto del nuevo disco (lo hizo entero salvo –una lástima- la maravillosa versión de Lapido) sino que apenas hubiera una canción del mismo que desentonara en todo el setlist. Y eso que no sólo de Daiquiri blues vivió el concierto, ya que sonaron grandes joyas de su repertorio con un brillo aún más deslumbrante que en ocasiones anteriores. Así, se fueron intercalando verdaderos “himnos” de su discografía como la inmortal Pequeño rock & roll o la maravillosamente mágica Kamikazes enamorados (a la que tan bien le sienta la vuelta a la batería de un siempre inspiradísimo Toni “Thunder” Jurado) con temas nuevos como la elegante Un arma precisa o ese clásico inmediato en el que prácticamente ya se ha convertido Deslumbrado en los conciertos, una de las más y mejor coreadas de este nuevo disco, especialmente en esa estrofa final apabullante, tan llena de brillo, de energía y de sentimiento.




En esta gira, Quique dispone de una banda incluso más completa de lo que hasta ahora había ido siendo habitual. Con la incorporación de un teclista que lo “libera” de sentarse al piano, los conciertos ganan en intensidad y ritmo, además de aportarle una nueva sonoridad a las canciones mucho más adecuada que reproduzca la presente en el propio disco. Además, el acompañamiento de órgano Hammond y teclados en muchas ocasiones aporta una mayor riqueza al sonido, permitiendo incluso darle nuevos giros o introducir pequeños matices en numerosas canciones (sirvan como ejemplo Hay partida o Vidas cruzadas, ésta en una versión más lenta con toques de country). Mención especial, a propósito de los teclados, para la maravillosa Riesgo y altura en clave de jazz con improvisaciones que sonó en el concierto, creo que poniendo la piel de gallina incluso a aquellos a quienes esa (enorme) "canción en blanco y negro" no les acaba de convencer (no era ése mi caso, por cierto). La vuelta de Toni Jurado a la batería es una noticia realmente espléndida, como atestigua la nueva (antigua) sonoridad de canciones como Kamikazes enamorados o Miss camiseta mojada, que recuperan un esplendor que con su anterior banda -la Aristocracia del barrio- no llegaban a alcanzar. La guitarra del recién llegado David Soler promete, a medio camino entre el clasicismo que tanto se agradece en este sonido americano y ciertos toques puntuales de virtuosismo en los finales, aunque se le note aún algo “forzado” en los automatismos de la banda (recordemos que Jacob, Toni y Quique eran ya Conserjesde noche). No obstante, fue quizá a cargo del pedal-steel cuando regaló sus mejores momentos y demostró que puede aportar grandes cosas al sonido de los conciertos a lo largo de este “Daiquiri tour”. Y de Jacob al bajo (y esta vez incluso al contrabajo) poco hay que decir a estas alturas… sigue en la línea habitual, tan discreto como siempre pero no por ello menos indispensable, necesario, vital en el sonido de la banda (como dice el propio Quique: “si no viene Jacob, yo no salgo”). Pero si algo sigue destacando sobre todas las cosas es el propio Quique González y su voz cada vez más segura, más profunda, más cargada de matices indescifrables capaces de recorrerte la piel, de arriba abajo y desde dentro.


Eso se notó especialmente en la parte acústica, cuando Quique salió a tocar Lo voy a derribar y ante mi sorpresa me dejó totalmente atrapado escuchándola. Pensaba que esa canción no tenía prácticamente nada que aportar en el disco y, sin embargo, cuando la tocó allí, solo con su guitarra y su voz, se convirtió en una canción preciosa que transmite mucho más de lo que parece inicialmente. A continuación, Quique pidió que le dijéramos cual queríamos que tocara y la afortunada fue De haberlo sabido, que cantó con toda la sala estremecida en un absoluto silencio, cargada con esa letra tan hermosa y terrible como un escalofrío para ser disparada desde esa voz con la que cada día canta mejor. Y en el mismo formato aunque creo que algo más tarde cantaría también Conserjes, siempre los eternos Conserjes de noche, con esa armónica interrumpida por nosotros que a pesar de todo ponía la piel de gallina incluso sonando “a destiempo” (si es que puede definirse así, acaso, el detalle de esperar a que el público coree una estrofa por completo). Y, si hablamos de escalofríos, no puedo evitar hablar de Bajo la lluvia, esa canción para la que pasaré toda mi vida buscando las palabras que me permitan definir (aunque sea vagamente) un poco lo que siento al escucharla y que tan bien (tan extraordinariamente bien) sonó en la noche del sábado con todos los instrumentos que siempre deberían sonar en ella.




Siempre reconozco Bajo la lluvia antes del primer acorde, sólo con los punteos previos a empezar a tocarla. Por algo es mi canción favorita de alguien que tiene tantas y tantas canciones favoritas que forman parte de mi vida. Pero al primer acorde de esa canción hay algo que te agarra por dentro sin remedio, y a cada nota se incrementa más y más esa sensación de vértigo, de una emoción indescriptible que tiene que ver con todo y con nada a la vez, como si de alguna manera en ella se resumiera todo lo que significa para mí la música de Quique: desde la tristeza inicial a una agridulce melancolía pasando por la belleza, la poesía y –de fondo, de repente- la esperanza. Y todo ello con delicadeza, primero, acariciándote como si supiera el daño que puede llegar a hacerte una canción y luego, de repente, agarrándote con una fuerza atronadora, con una emoción e intensidad inmensas que culminan en ese estallido final de todos los instrumentos mientras Quique sólo acierta a gritar “llévame” cuando hace ya un buen rato que es él quién nos está llevando a donde quiera con su música.


Y sin duda, Quique sabe bien dónde llevarnos. Quizá fuera ésta la ocasión en la que mejor le haya visto sobre un escenario, con una soltura mucho mayor que en anteriores ocasiones y mayor seguridad en sus canciones y sus cualidades, con esa voz que el tiempo va curtiendo para sonar cada vez mejor, con más riqueza en los matices, en los giros e incluso en las improvisaciones. Me gusta la forma que tiene de tratar las canciones, incluso cuando son detalles tan insignificantes como acabar una canción sin decir una frase (Anoche estuvo aquí terminó en “quise mucho a esa chica” sin atreverse a desear no volver a verla), dejar que el público cante partes que está pidiendo gritar o con esos gestos suyos tan característicos y que tanta pasión por la música transmiten al verlo sobre el escenario.



Hay algo en Quique González que a mí me gusta explicar siempre mediante la palabra “magia”. Unos pueden decir que es talento, otros que es oficio, otros llamarlo inspiración… yo creo que cuando suenan los primeros acordes de Kamikazes enamorados, o cuando uno escucha por primera vez Nadie podrá con nosotros o La luna debajo del brazo lo que ocurre en ese preciso instante tiene mucho más que ver con la “magia”, con esa sensación de maravilla inexplicable que nace de no saber qué está pasando y, sin embargo, ser plenamente consciente de que se está descubriendo algo que, en ese instante preciso, es único e irrepetible. Y en esa categoría, en esa definición subjetiva, irracional y emotiva que personalmente establezco, se encontraría por méritos propios el instante en el que cabe la noche entera del sábado con sus relojes detenidos.


A decir verdad, resulta realmente sorprendente darse cuenta de cómo ha crecido Quique González en este tiempo, de cómo es posible ir a un concierto suyo y encontrarse con que cante veintisiete canciones y falten otras tantas (o más) tan grandes y, sin embargo, salir con la sensación de que en realidad no sobraba prácticamente nada en el concierto. Que se toque su nuevo disco prácticamente entero y canciones como Su día libre o La luna debajo del brazo puedan protagonizar unos bises finales presuntamente guardados para clásicos de su repertorio y ocupen ese lugar de un modo tan natural que apenas se eche en falta nada más. O acaso, ya puestos a pedir, sólo faltaría que hubiera seguido tocando dejándonos caer en sus grandes canciones una y otra vez.


Como si en esa noche los relojes se hubieran detenido para siempre en un instante y el tiempo sólo se midiera en latidos al compás de las canciones.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La banda imantada


Si hay algo de lo que me quedaron pocas dudas el viernes noche en la sala Q es de que Love of lesbian desde luego saben bien cómo abrir un concierto. El comienzo fue apoteósico, con Allí dónde solíamos gritar, para cogerte desde la primera canción y no soltarte ya durante una sola de ellas hasta dos horas más tarde. Con la voz personalísima de Santi Balmes en plena forma -e incluso a pesar de la acústica de la sala-, comenzaron a sonar uno tras otro grandes himnos de la banda sin apenas respiro -ni ganas de tenerlo- ante un publico entregado a la música y el carisma de los "lesbianos".

Y es que a pesar de no haber seguido con regularidad las andanzas de la banda, había escuchado/leído grandes referencias de su directo y sin duda quedaron refrendadas en el concierto. Incluso para alguien que no acierte -aún- a reconocer muchas de sus canciones, Love of lesbian dieron un concierto relmente fantástico, pleno de entrega, poderío, simpatía y, cómo no, grandes canciones. Si al principio ya decía que saben muy bien cómo abrir un concierto, también hay que apuntar que tienen los argumentos para mantenerlo en todo lo alto casi toda la "función".Desde la fuerza devastadora de la ya premonitoria Allí donde solíamos gritar a grandes hits de su repertorio como 1999, Mi personulidad o Noches reversibles, pasando por la suavidad y sutileza de una delicada Domingo astromántico -en la ya casi se echa en falta la voz de Zahara de fondo- o las celebradísimas Club de fans de John Boy (uno de los momentos álgidos de la noche) o La niña imantada, a quien el propio Santi ha debido conocer bastante bien para "robarle" ese magnetismo que lo caracteriza sobre el escenario. Si ya de por sí con su música debería bastarles, a ello Balmes le añade una constante interacción con el público desde la naturalidad y el desparpajo que potencian aún más su particular show, tan alejado de las típicas propuestas para radiofórmulas. Sin duda, algo estarán haciendo bien estos tipos cuando -como ellos mismos dicen- llenan salas para conciertos sin sonar apenas en las radios.

Y lo que es más importante, no sólo llenan las salas sino que las hacen vibrar, saltar, gritar e incluso reír, como en la parte final del concierto con sus ocurrencias (erótico)festivas a ritmo de sus canciones más gamberras, como tramo final de un repertorio calculado casi al milímetro que, no obstante, no pierde por ello ni un sólo gramo de frescura gracias al carisma de una banda con argumentos más que suficientes para seguir atrayendo la atención de más y más gente a cada disco.

Así que ya lo saben, si alguna vez tienen oportunidad de verlos no lo duden...

No creo que se arrepientan.



"Ya hace algunos siglos que he empezado a sospechar
que he caído sin quererlo en tu gravedad.
Es como si andara siempre en espiral,
cuando encuentro una salida, tú apareces.

Niña imantada y ahora yo he de admitirlo,
y ahora yo presiento que has vencido,
no hay manera humana de escapar.

Así que alégrate, lo has conseguido,
los días sin ti serán precipicios,
no hay manera humana de escapar.

Nadie, nunca, nadie, nadie excepto tú
puede enviarme hacia el espacio y devolverme hacia su cama.
Y en las horas más oscuras me harás levitar,
en descuidos crearemos universos.

Niña imantada y ahora yo he de admitirlo,
y ahora yo presiento que has vencido,
no hay manera humana de escapar.

Te voy a contar este misterio:
simple y eficaz, el roce de mis dedos
te ha magnetizado, y ahora tú,
y ahora tú ...
y ahora tú ...
y ahora tú ...

Así que alégrate, lo has conseguido,
los días sin ti serán precipicios,
no hay manera humana de escapar.

Así que alégrate, lo has conseguido,
los días sin ti serán precipicios,
no hay manera humana de escapar."


(La niña imantada.- Love of lesbian)


jueves, 29 de octubre de 2009

Daiquiri blues

"Toda mi vida son cuentas pendientes y ésta nunca será tu canción favorita"

(Un arma precisa.- Quique González)







Una voz familiar cuenta -casi susurrando- hasta tres, empieza a recitar suavemente un verso -tiembla la luz en el umbral- y, de repente, la música cobra vida al compás de los latidos de una guitarra que parece abrirse paso entre el humo de un bar. Así comienza Daiquiri blues, nuevo disco de Quique González -octavo en su carrera- con el que pretende mostrarnos, según sus palabras, "un poco de paraíso en el infierno y un poco de infierno en el paraíso." Y, quién sabe, quizá sea cierto que hay algo de eso dentro de las trece canciones que lo componen. Porque si por algo se caracteriza este disco de González es por ese tono melancólico que ya es casi "marca de la casa", pero en esta ocasión impregnado especialmente de una cierta alegría, a veces casi de una dulzura melódica, inherente a esa presunta tristeza.

En cierto modo de eso habla todo el tiempo la homónima Daiquiri Blues, en la que Quique canta "resucito con tu latido" y "no sé qué voy a hacer contigo" a un mismo viejo amor que bien podría ser incluso su propia -dulce, poética- melancolía. Pero no sólo de ella vive el disco, ni mucho menos. Al segundo corte la luz ya ha dejado de temblar y el sol entra por un ventanal radiante, luminoso, desbordante de una melodía e instrumentación que, tras escuchar Cuando estés en vena, ya vale el esfuerzo realizado. Porque para este disco Quique González se pagó de su bolsillo la grabación en Nashville con Brad Jones (productor entre otros de Josh Rouse) y unos músicos de primera fila que han tocado con figuras de la música americana como Bob Dylan, Leonard Cohen o Wilco. El resultado es un sonido de corte clásico y raíces profundamente americanas, con arreglos de cuerdas, pedal steel u órgano hammond sonando de fondo en muchas canciones. Un nuevo giro estilístico -y van...- en su carrera después del emprendido en Avería y Redención #7, donde la batalla consigo mismo se tradujo en un sonido denso, oscuro, a veces casi atormentado que ahora deja paso a canciones más sencillas, melódicas, tocadas impecablemente y -eso sí que no ha cambiado- cantadas cada vez mejor. Retomando la línea mostrada en algunas de las composiciones de su Ajuste de cuentas, Quique entona canciones con alma de blues, llenando su voz de nuevos y evocadores matices; incluso se atreve a adentrarse en terrenos jazzísticos con un tema (Riesgo y altura) que podría ser banda sonora de cualquier película de cine negro en la que haya un pianista tocando entre el humo de algún bar y una chica en la barra a la que invitar a la (pen)última copa.

Pero, sobre todo, en este disco hay una serie de canciones sencillamente hermosas -o hermosamente sencillas-, una suerte en la que siempre ha sido particularmente afortunado -qué injusto hablar de fortuna cuando se tiene talento, por otra parte- Quique para dar con la tecla adecuada. No hay más que escuchar la ya clásica La luna debajo del brazo, tocada en casi todos los conciertos de su anterior gira, o la propia Cuando estés en vena para darse cuenta de que esta vez la consigna era complicar las cosas lo menos posible y dejar que las canciones transcurrieran por sí mismas, arropadas cálida y artesanalmente por su propia melodía y por los instrumentos de una forma en cierto sentido casi etérea. Se trata de un disco donde abundan, en general, los medios tiempos repletos de arreglos sencillos y delicados, a veces en la línea de los últimos Wilco, con un sonido envolvente, atmosférico y por momentos radiante, como en Su día libre (la favorita de González en este disco), Hasta que todo encaje(tal vez una de las más ornamentadas del cd) o Deslumbrado, acaso una de las mejores canciones del disco por composición, ritmo e incluso letra -aunque ya se sabe que con Quique hay que estar atento a cada frase de cada canción, porque alguna puede clavarse dentro cuando menos te lo esperas- y candidata a ser la primera que tararea uno sin darse cuenta después de varias escuchas, además de futuro hit a poco que la electrifique algo más en los conciertos.

Daiquiri blues es, en definitiva y subjetivamente -como no puede ser de otro de modo cuando hablo de Quique González-, un nuevo paso en la evolución de uno de los tipos más coherentes que se dedica a hacer canciones en este país. Uno de esos discos destinados a hacerse más grandes con cada escucha, y no sólo por su formato especial -incluye un dvd del making off y el diseño del libreto corre a cargo del magnífico Fernando Maquieira y es, como de costumbre, una maravilla- que me impide guardarlo en la torre con el resto mis discos. A fin de cuentas, también se trata de eso para quienes creemos en las metáforas.

¿Cómo no iba a ser -entonces- más grande que los demás un disco en cuyas canciones caben tantas partes de nuestra propia vida?

domingo, 14 de junio de 2009

Corazón en la garganta.



Quizá no fuera algo premeditado, pero cuando Zahara se disfrazó de Dorothy y sacó sus Zapatos rojos -–siempre del último cajón- quizá eligió la mejor manera posible de empezar a contar –a cantarnos su fabulosa historia en la noche del sábado. Recuerdo que la primera vez que la escuché, esa canción me pareció una auténtica maravilla y una de las mejores muestras de lo que sabe hacer Zahara con sus melodías y su voz, de cómo es capaz de transportarnos a otra parte de forma casi mágica, de –parafraseando su propia letra- darle cuerda al reloj que nos falta en el pecho sin que podamos llegar a querer quitárnoslo. Una de esas canciones que, en mi opinión, no debería haberse quedado fuera de su disco pero a la que ella hizo justicia tocándola precisamente para abrir el concierto. Porque en cierto modo no había mejor manera de adentrarse en su particular fabula que hacerlo con una canción inspirada en otro cuento, de manera que a través de sus notas Zahara consiguió lo que la protagonista del Mago de Oz hacía precisamente al chocar entre sí sus zapatos: apenas había comenzado el concierto y ya estábamos en otro mundo, uno mucho más hermoso, más cercano a la fantasía que a la propia realidad.

Sonó también Merezco tras comunicarnos –de nuevo- que había sido elegida como canción oficial de la Vuelta ciclista, y su título se hizo más justo que nunca porque cuando ves a alguien con esas ganas de comerse el mundo con sus canciones a cuestas es imposible pensar que ese reconocimiento no sea merecido. Volvió a explicar la curiosa y divertida –al menos para ella- intrahistoria de La canción más fea del mundo –a la que por el contrario no le hace justicia su título-, que sonó tan bonita como de costumbre cada vez que la canta, y esta vez fue aderezada con una interpretación llena de continuos gestos entra Zahara y su bajista Alfonso (también llamado en ocasiones “Alfondo” xD) que la hizo incluso más adorable de lo que ya es habitual. Si bien cada una de las veces en que he visto a Zahara en directo transmitía una felicidad contagiosa, quizá fuera ésta en la ocasión en que más la haya visto disfrutar en el escenario, con un brillo especial en los ojos casi húmedos por momentos (que quizá nada tuviera que ver con el sudor/barniz achacable al calor ambiental xD) y, especialmente, con un punto de emoción a flor de piel que acompañado de su tradicional naturalidad la hacía esta vez incluso algo más linda que en otras ocasiones. Si tuviera que definir esa sensación al verla quizá no hubiera mejor forma de hacerlo con robándole la frase final en su voz pletórica en Olor a mandarinas, cuando canta esa parte de flotar y brillar, irradiar, alumbrar porque, tal vez, era precisamente eso lo que desprendía Zahara esa noche: tenía tal brillo sobre el escenario que nadie que la hubiera visto cantar podría negarse a dejar que su voz se metiera dentro de forma tan natural a como lo hace la luz del sol al abrir los ojos por la mañana.

Y sin embargo, aún no era tiempo para despertar del sueño esa noche sino de seguir arropado por los cantos de Zahara, con una versión estremecedora de Piscinas en verano (otra de las grandes joyas que se quedaron fuera del CD), creciendo poco a poco hasta un final apoteósico de los instrumentos junto a una voz irresistiblemente incontrolada digna de una sirena. O con un final maravillosamente inesperado que adelantó Con las ganas, dejándola sin opciones de convertirse de nuevo en cierre inolvidable de una noche memorable como aquella última en que la terminó cantando a pesar y por encima de todos los contratiempos, con dos estrofas completas en absoluto silencio que dejaron a toda la sala con la boca abierta y a ella con el corazón en la garganta. Y sonaba después para –en principio- acabar Funeral y a mí parecía que ya iba a ser imposible repetir un cierre como aquél, a pesar de que se trate de una canción maravillosa, con su letra tan cargada de emoción y un ritmo frenético digno del mejor final de concierto, con toda la sala bailando y la propia Zahara alzando sus brazos casi tanto como la voz.

Pero quedaban los bises para que volviera y cantara, cómo no hacerlo en esta gira y con él entre el público, Chico fabuloso. Para un último arrebato de simpatía y encanto sobre el escenario al ponerse sus características gafas de sol con forma de corazón para cantarla y señalarlo al decir mi lado favorito de la cama eres tú. Y sobre todo para despedirse, una vez más, de una forma absolutamente memorable. Porque Zahara se volvió a quedar a solas sobre el escenario y comenzó a entonar esa maravillosa canción llamada Adiós, escrita para despedirse de Granada, donde vivió tantos años. Y pocas cosas duelen tanto como despedirse -y son a la vez tan hermosas- cuando se quiere tanto aquello de lo que uno se despide.

Y entonces, la niña grande de la sonrisa linda volvía a tener los ojos húmedos mientras cantaba para despedirse diciéndonos Adiós con el corazón clavado maravillosamente en su garganta.

jueves, 11 de junio de 2009

Como salida de un cuento...

Zahara salió al escenario con un vestido azul del que mi sobrina pequeña habría dicho que era “de princesa” y sonrió emocionada al ver más público del que esperaba. Todos ellos aguardaban allí para ser parte de su fabulosa historia, así que a ella no le quedó más remedio que colgarse la guitarra -ayer no me parecía tan grande respecto a ella como la primera vez que la vi- y comenzar a cantar la siempre alegre Chica pop, canción por la que uno podría llegar a definirla en tantas y tantas ocasiones. Ya lo dije una vez, pero Zahara hace muchas canciones que difícilmente pueden definirse mediante otro adjetivo que no sea sencillamente bonitas.







Pero sería un error etiquetar -o limitar- su música sólo bajo ese calificativo. Porque si luego canta Photofinish, con esa fuerza tan característica del desgarro que cuelga de un me dueles tanto dicho desde lo más profundo de los sentimientos, no se puede uno quedar sólo con la belleza de su voz o lo pegadizo de la melodía. Porque a Zahara hay canciones en las que no es suficiente escucharla sino que se hace necesario sentirla, como ocurre en ésa ya mencionada o en Diciembre, que también tocaría después. O como ocurre siempre y en todo lugar que toca la estremecedora Con las ganas, que esta vez se quedó sólo en el eco del recuerdo de su última –y maravillosa- interpretación de la última vez que la vi.

Pero ayer el ambiente pedía a gritos a esa “otra” Zahara: la niña grande de la sonrisa linda que te mete en su mundo casi sin querer a través de su alegría, de su ilusión por las pequeñas cosas. Como el regalo de una bolsa de chucherías al entrar a verla, sus comentarios sobre la palabra de honor en entredicho de su vestido o las dedicatorias o intrahistorias de canciones como Olor a mandarinas o La canción más fea del mundo. A veces, uno podría incluso llegar a pensar que Zahara salió de una tira de dibujos animados o de un cuento para niños, porque da la impresión de conservar esa frescura, esa encantadora irreverencia que caracteriza a los niños que actúan bajo el capricho de aquello que les apetece hacer para sentirse bien. Como ese gesto lleno de ternura y de ilusión que supone interrumpir el comienzo de una canción porque una niña pequeña le ha tirado un beso en respuesta al suyo y que tan bien ejemplifica lo que transmitió ayer Zahara en la presentación de su disco: una alegría contagiosa y desbordante, repleta de ilusión por las pequeñas cosas, ante la que es imposible no disfrutar como si la única preocupación fuera que se acabasen las buenas canciones.

Porque quizá el secreto de esta chica sea precisamente ése: afrontar la realidad con la mayor honestidad posible desde la fantasía, la ilusión, incluso la ingenuidad; y a partir de ahí construir un mundo propio del que nadie que la escuche contando –y cantando- su fabulosa historia pueda atreverse a dudar.