sábado, 21 de noviembre de 2009
La banda imantada
Si hay algo de lo que me quedaron pocas dudas el viernes noche en la sala Q es de que Love of lesbian desde luego saben bien cómo abrir un concierto. El comienzo fue apoteósico, con Allí dónde solíamos gritar, para cogerte desde la primera canción y no soltarte ya durante una sola de ellas hasta dos horas más tarde. Con la voz personalísima de Santi Balmes en plena forma -e incluso a pesar de la acústica de la sala-, comenzaron a sonar uno tras otro grandes himnos de la banda sin apenas respiro -ni ganas de tenerlo- ante un publico entregado a la música y el carisma de los "lesbianos".
Y es que a pesar de no haber seguido con regularidad las andanzas de la banda, había escuchado/leído grandes referencias de su directo y sin duda quedaron refrendadas en el concierto. Incluso para alguien que no acierte -aún- a reconocer muchas de sus canciones, Love of lesbian dieron un concierto relmente fantástico, pleno de entrega, poderío, simpatía y, cómo no, grandes canciones. Si al principio ya decía que saben muy bien cómo abrir un concierto, también hay que apuntar que tienen los argumentos para mantenerlo en todo lo alto casi toda la "función".Desde la fuerza devastadora de la ya premonitoria Allí donde solíamos gritar a grandes hits de su repertorio como 1999, Mi personulidad o Noches reversibles, pasando por la suavidad y sutileza de una delicada Domingo astromántico -en la ya casi se echa en falta la voz de Zahara de fondo- o las celebradísimas Club de fans de John Boy (uno de los momentos álgidos de la noche) o La niña imantada, a quien el propio Santi ha debido conocer bastante bien para "robarle" ese magnetismo que lo caracteriza sobre el escenario. Si ya de por sí con su música debería bastarles, a ello Balmes le añade una constante interacción con el público desde la naturalidad y el desparpajo que potencian aún más su particular show, tan alejado de las típicas propuestas para radiofórmulas. Sin duda, algo estarán haciendo bien estos tipos cuando -como ellos mismos dicen- llenan salas para conciertos sin sonar apenas en las radios.
Y lo que es más importante, no sólo llenan las salas sino que las hacen vibrar, saltar, gritar e incluso reír, como en la parte final del concierto con sus ocurrencias (erótico)festivas a ritmo de sus canciones más gamberras, como tramo final de un repertorio calculado casi al milímetro que, no obstante, no pierde por ello ni un sólo gramo de frescura gracias al carisma de una banda con argumentos más que suficientes para seguir atrayendo la atención de más y más gente a cada disco.
Así que ya lo saben, si alguna vez tienen oportunidad de verlos no lo duden...
No creo que se arrepientan.
"Ya hace algunos siglos que he empezado a sospechar
que he caído sin quererlo en tu gravedad.
Es como si andara siempre en espiral,
cuando encuentro una salida, tú apareces.
Niña imantada y ahora yo he de admitirlo,
y ahora yo presiento que has vencido,
no hay manera humana de escapar.
Así que alégrate, lo has conseguido,
los días sin ti serán precipicios,
no hay manera humana de escapar.
Nadie, nunca, nadie, nadie excepto tú
puede enviarme hacia el espacio y devolverme hacia su cama.
Y en las horas más oscuras me harás levitar,
en descuidos crearemos universos.
Niña imantada y ahora yo he de admitirlo,
y ahora yo presiento que has vencido,
no hay manera humana de escapar.
Te voy a contar este misterio:
simple y eficaz, el roce de mis dedos
te ha magnetizado, y ahora tú,
y ahora tú ...
y ahora tú ...
y ahora tú ...
Así que alégrate, lo has conseguido,
los días sin ti serán precipicios,
no hay manera humana de escapar.
Así que alégrate, lo has conseguido,
los días sin ti serán precipicios,
no hay manera humana de escapar."
(La niña imantada.- Love of lesbian)
jueves, 29 de octubre de 2009
Daiquiri blues
"Toda mi vida son cuentas pendientes y ésta nunca será tu canción favorita"
Una voz familiar cuenta -casi susurrando- hasta tres, empieza a recitar suavemente un verso -tiembla la luz en el umbral- y, de repente, la música cobra vida al compás de los latidos de una guitarra que parece abrirse paso entre el humo de un bar. Así comienza Daiquiri blues, nuevo disco de Quique González -octavo en su carrera- con el que pretende mostrarnos, según sus palabras, "un poco de paraíso en el infierno y un poco de infierno en el paraíso." Y, quién sabe, quizá sea cierto que hay algo de eso dentro de las trece canciones que lo componen. Porque si por algo se caracteriza este disco de González es por ese tono melancólico que ya es casi "marca de la casa", pero en esta ocasión impregnado especialmente de una cierta alegría, a veces casi de una dulzura melódica, inherente a esa presunta tristeza.
En cierto modo de eso habla todo el tiempo la homónima Daiquiri Blues, en la que Quique canta "resucito con tu latido" y "no sé qué voy a hacer contigo" a un mismo viejo amor que bien podría ser incluso su propia -dulce, poética- melancolía. Pero no sólo de ella vive el disco, ni mucho menos. Al segundo corte la luz ya ha dejado de temblar y el sol entra por un ventanal radiante, luminoso, desbordante de una melodía e instrumentación que, tras escuchar Cuando estés en vena, ya vale el esfuerzo realizado. Porque para este disco Quique González se pagó de su bolsillo la grabación en Nashville con Brad Jones (productor entre otros de Josh Rouse) y unos músicos de primera fila que han tocado con figuras de la música americana como Bob Dylan, Leonard Cohen o Wilco. El resultado es un sonido de corte clásico y raíces profundamente americanas, con arreglos de cuerdas, pedal steel u órgano hammond sonando de fondo en muchas canciones. Un nuevo giro estilístico -y van...- en su carrera después del emprendido en Avería y Redención #7, donde la batalla consigo mismo se tradujo en un sonido denso, oscuro, a veces casi atormentado que ahora deja paso a canciones más sencillas, melódicas, tocadas impecablemente y -eso sí que no ha cambiado- cantadas cada vez mejor. Retomando la línea mostrada en algunas de las composiciones de su Ajuste de cuentas, Quique entona canciones con alma de blues, llenando su voz de nuevos y evocadores matices; incluso se atreve a adentrarse en terrenos jazzísticos con un tema (Riesgo y altura) que podría ser banda sonora de cualquier película de cine negro en la que haya un pianista tocando entre el humo de algún bar y una chica en la barra a la que invitar a la (pen)última copa.
Pero, sobre todo, en este disco hay una serie de canciones sencillamente hermosas -o hermosamente sencillas-, una suerte en la que siempre ha sido particularmente afortunado -qué injusto hablar de fortuna cuando se tiene talento, por otra parte- Quique para dar con la tecla adecuada. No hay más que escuchar la ya clásica La luna debajo del brazo, tocada en casi todos los conciertos de su anterior gira, o la propia Cuando estés en vena para darse cuenta de que esta vez la consigna era complicar las cosas lo menos posible y dejar que las canciones transcurrieran por sí mismas, arropadas cálida y artesanalmente por su propia melodía y por los instrumentos de una forma en cierto sentido casi etérea. Se trata de un disco donde abundan, en general, los medios tiempos repletos de arreglos sencillos y delicados, a veces en la línea de los últimos Wilco, con un sonido envolvente, atmosférico y por momentos radiante, como en Su día libre (la favorita de González en este disco), Hasta que todo encaje(tal vez una de las más ornamentadas del cd) o Deslumbrado, acaso una de las mejores canciones del disco por composición, ritmo e incluso letra -aunque ya se sabe que con Quique hay que estar atento a cada frase de cada canción, porque alguna puede clavarse dentro cuando menos te lo esperas- y candidata a ser la primera que tararea uno sin darse cuenta después de varias escuchas, además de futuro hit a poco que la electrifique algo más en los conciertos.
Daiquiri blues es, en definitiva y subjetivamente -como no puede ser de otro de modo cuando hablo de Quique González-, un nuevo paso en la evolución de uno de los tipos más coherentes que se dedica a hacer canciones en este país. Uno de esos discos destinados a hacerse más grandes con cada escucha, y no sólo por su formato especial -incluye un dvd del making off y el diseño del libreto corre a cargo del magnífico Fernando Maquieira y es, como de costumbre, una maravilla- que me impide guardarlo en la torre con el resto mis discos. A fin de cuentas, también se trata de eso para quienes creemos en las metáforas.
¿Cómo no iba a ser -entonces- más grande que los demás un disco en cuyas canciones caben tantas partes de nuestra propia vida?
(Un arma precisa.- Quique González)
Una voz familiar cuenta -casi susurrando- hasta tres, empieza a recitar suavemente un verso -tiembla la luz en el umbral- y, de repente, la música cobra vida al compás de los latidos de una guitarra que parece abrirse paso entre el humo de un bar. Así comienza Daiquiri blues, nuevo disco de Quique González -octavo en su carrera- con el que pretende mostrarnos, según sus palabras, "un poco de paraíso en el infierno y un poco de infierno en el paraíso." Y, quién sabe, quizá sea cierto que hay algo de eso dentro de las trece canciones que lo componen. Porque si por algo se caracteriza este disco de González es por ese tono melancólico que ya es casi "marca de la casa", pero en esta ocasión impregnado especialmente de una cierta alegría, a veces casi de una dulzura melódica, inherente a esa presunta tristeza.
En cierto modo de eso habla todo el tiempo la homónima Daiquiri Blues, en la que Quique canta "resucito con tu latido" y "no sé qué voy a hacer contigo" a un mismo viejo amor que bien podría ser incluso su propia -dulce, poética- melancolía. Pero no sólo de ella vive el disco, ni mucho menos. Al segundo corte la luz ya ha dejado de temblar y el sol entra por un ventanal radiante, luminoso, desbordante de una melodía e instrumentación que, tras escuchar Cuando estés en vena, ya vale el esfuerzo realizado. Porque para este disco Quique González se pagó de su bolsillo la grabación en Nashville con Brad Jones (productor entre otros de Josh Rouse) y unos músicos de primera fila que han tocado con figuras de la música americana como Bob Dylan, Leonard Cohen o Wilco. El resultado es un sonido de corte clásico y raíces profundamente americanas, con arreglos de cuerdas, pedal steel u órgano hammond sonando de fondo en muchas canciones. Un nuevo giro estilístico -y van...- en su carrera después del emprendido en Avería y Redención #7, donde la batalla consigo mismo se tradujo en un sonido denso, oscuro, a veces casi atormentado que ahora deja paso a canciones más sencillas, melódicas, tocadas impecablemente y -eso sí que no ha cambiado- cantadas cada vez mejor. Retomando la línea mostrada en algunas de las composiciones de su Ajuste de cuentas, Quique entona canciones con alma de blues, llenando su voz de nuevos y evocadores matices; incluso se atreve a adentrarse en terrenos jazzísticos con un tema (Riesgo y altura) que podría ser banda sonora de cualquier película de cine negro en la que haya un pianista tocando entre el humo de algún bar y una chica en la barra a la que invitar a la (pen)última copa.
Pero, sobre todo, en este disco hay una serie de canciones sencillamente hermosas -o hermosamente sencillas-, una suerte en la que siempre ha sido particularmente afortunado -qué injusto hablar de fortuna cuando se tiene talento, por otra parte- Quique para dar con la tecla adecuada. No hay más que escuchar la ya clásica La luna debajo del brazo, tocada en casi todos los conciertos de su anterior gira, o la propia Cuando estés en vena para darse cuenta de que esta vez la consigna era complicar las cosas lo menos posible y dejar que las canciones transcurrieran por sí mismas, arropadas cálida y artesanalmente por su propia melodía y por los instrumentos de una forma en cierto sentido casi etérea. Se trata de un disco donde abundan, en general, los medios tiempos repletos de arreglos sencillos y delicados, a veces en la línea de los últimos Wilco, con un sonido envolvente, atmosférico y por momentos radiante, como en Su día libre (la favorita de González en este disco), Hasta que todo encaje(tal vez una de las más ornamentadas del cd) o Deslumbrado, acaso una de las mejores canciones del disco por composición, ritmo e incluso letra -aunque ya se sabe que con Quique hay que estar atento a cada frase de cada canción, porque alguna puede clavarse dentro cuando menos te lo esperas- y candidata a ser la primera que tararea uno sin darse cuenta después de varias escuchas, además de futuro hit a poco que la electrifique algo más en los conciertos.
Daiquiri blues es, en definitiva y subjetivamente -como no puede ser de otro de modo cuando hablo de Quique González-, un nuevo paso en la evolución de uno de los tipos más coherentes que se dedica a hacer canciones en este país. Uno de esos discos destinados a hacerse más grandes con cada escucha, y no sólo por su formato especial -incluye un dvd del making off y el diseño del libreto corre a cargo del magnífico Fernando Maquieira y es, como de costumbre, una maravilla- que me impide guardarlo en la torre con el resto mis discos. A fin de cuentas, también se trata de eso para quienes creemos en las metáforas.
¿Cómo no iba a ser -entonces- más grande que los demás un disco en cuyas canciones caben tantas partes de nuestra propia vida?
domingo, 14 de junio de 2009
Corazón en la garganta.
Quizá no fuera algo premeditado, pero cuando Zahara se disfrazó de Dorothy y sacó sus Zapatos rojos -siempre del último cajón- quizá eligió la mejor manera posible de empezar a contar a cantarnos su fabulosa historia en la noche del sábado. Recuerdo que la primera vez que la escuché, esa canción me pareció una auténtica maravilla y una de las mejores muestras de lo que sabe hacer Zahara con sus melodías y su voz, de cómo es capaz de transportarnos a otra parte de forma casi mágica, de parafraseando su propia letra- darle cuerda al reloj que nos falta en el pecho sin que podamos llegar a querer quitárnoslo. Una de esas canciones que, en mi opinión, no debería haberse quedado fuera de su disco pero a la que ella hizo justicia tocándola precisamente para abrir el concierto. Porque en cierto modo no había mejor manera de adentrarse en su particular fabula que hacerlo con una canción inspirada en otro cuento, de manera que a través de sus notas Zahara consiguió lo que la protagonista del Mago de Oz hacía precisamente al chocar entre sí sus zapatos: apenas había comenzado el concierto y ya estábamos en otro mundo, uno mucho más hermoso, más cercano a la fantasía que a la propia realidad.
Sonó también Merezco tras comunicarnos de nuevo- que había sido elegida como canción oficial de la Vuelta ciclista, y su título se hizo más justo que nunca porque cuando ves a alguien con esas ganas de comerse el mundo con sus canciones a cuestas es imposible pensar que ese reconocimiento no sea merecido. Volvió a explicar la curiosa y divertida al menos para ella- intrahistoria de La canción más fea del mundo a la que por el contrario no le hace justicia su título-, que sonó tan bonita como de costumbre cada vez que la canta, y esta vez fue aderezada con una interpretación llena de continuos gestos entra Zahara y su bajista Alfonso (también llamado en ocasiones Alfondo xD) que la hizo incluso más adorable de lo que ya es habitual. Si bien cada una de las veces en que he visto a Zahara en directo transmitía una felicidad contagiosa, quizá fuera ésta en la ocasión en que más la haya visto disfrutar en el escenario, con un brillo especial en los ojos casi húmedos por momentos (que quizá nada tuviera que ver con el sudor/barniz achacable al calor ambiental xD) y, especialmente, con un punto de emoción a flor de piel que acompañado de su tradicional naturalidad la hacía esta vez incluso algo más linda que en otras ocasiones. Si tuviera que definir esa sensación al verla quizá no hubiera mejor forma de hacerlo con robándole la frase final en su voz pletórica en Olor a mandarinas, cuando canta esa parte de flotar y brillar, irradiar, alumbrar porque, tal vez, era precisamente eso lo que desprendía Zahara esa noche: tenía tal brillo sobre el escenario que nadie que la hubiera visto cantar podría negarse a dejar que su voz se metiera dentro de forma tan natural a como lo hace la luz del sol al abrir los ojos por la mañana.
Y sin embargo, aún no era tiempo para despertar del sueño esa noche sino de seguir arropado por los cantos de Zahara, con una versión estremecedora de Piscinas en verano (otra de las grandes joyas que se quedaron fuera del CD), creciendo poco a poco hasta un final apoteósico de los instrumentos junto a una voz irresistiblemente incontrolada digna de una sirena. O con un final maravillosamente inesperado que adelantó Con las ganas, dejándola sin opciones de convertirse de nuevo en cierre inolvidable de una noche memorable como aquella última en que la terminó cantando a pesar y por encima de todos los contratiempos, con dos estrofas completas en absoluto silencio que dejaron a toda la sala con la boca abierta y a ella con el corazón en la garganta. Y sonaba después para en principio- acabar Funeral y a mí parecía que ya iba a ser imposible repetir un cierre como aquél, a pesar de que se trate de una canción maravillosa, con su letra tan cargada de emoción y un ritmo frenético digno del mejor final de concierto, con toda la sala bailando y la propia Zahara alzando sus brazos casi tanto como la voz.
Pero quedaban los bises para que volviera y cantara, cómo no hacerlo en esta gira y con él entre el público, Chico fabuloso. Para un último arrebato de simpatía y encanto sobre el escenario al ponerse sus características gafas de sol con forma de corazón para cantarla y señalarlo al decir mi lado favorito de la cama eres tú. Y sobre todo para despedirse, una vez más, de una forma absolutamente memorable. Porque Zahara se volvió a quedar a solas sobre el escenario y comenzó a entonar esa maravillosa canción llamada Adiós, escrita para despedirse de Granada, donde vivió tantos años. Y pocas cosas duelen tanto como despedirse -y son a la vez tan hermosas- cuando se quiere tanto aquello de lo que uno se despide.
Y entonces, la niña grande de la sonrisa linda volvía a tener los ojos húmedos mientras cantaba para despedirse diciéndonos Adiós con el corazón clavado maravillosamente en su garganta.
jueves, 11 de junio de 2009
Como salida de un cuento...
Zahara salió al escenario con un vestido azul del que mi sobrina pequeña
habría dicho que era de princesa y sonrió emocionada al ver más
público del que esperaba. Todos ellos aguardaban allí para ser parte de
su fabulosa historia, así que a
ella no le quedó más remedio que colgarse la guitarra -ayer no me
parecía tan grande respecto a ella como la primera vez que la vi- y
comenzar a cantar la siempre alegre Chica pop,
canción por la que uno podría llegar a definirla en tantas y tantas
ocasiones. Ya lo dije una vez, pero Zahara hace muchas canciones que
difícilmente pueden definirse mediante otro adjetivo que no sea
sencillamente bonitas.
Pero sería un error etiquetar -o limitar- su música sólo bajo ese calificativo. Porque si luego canta Photofinish, con esa fuerza tan característica del desgarro que cuelga de un me dueles tanto dicho desde lo más profundo de los sentimientos, no se puede uno quedar sólo con la belleza de su voz o lo pegadizo de la melodía. Porque a Zahara hay canciones en las que no es suficiente escucharla sino que se hace necesario sentirla, como ocurre en ésa ya mencionada o en Diciembre, que también tocaría después. O como ocurre siempre y en todo lugar que toca la estremecedora Con las ganas, que esta vez se quedó sólo en el eco del recuerdo de su última y maravillosa- interpretación de la última vez que la vi.
Pero ayer el ambiente pedía a gritos a esa otra Zahara: la niña grande de la sonrisa linda que te mete en su mundo casi sin querer a través de su alegría, de su ilusión por las pequeñas cosas. Como el regalo de una bolsa de chucherías al entrar a verla, sus comentarios sobre la palabra de honor en entredicho de su vestido o las dedicatorias o intrahistorias de canciones como Olor a mandarinas o La canción más fea del mundo. A veces, uno podría incluso llegar a pensar que Zahara salió de una tira de dibujos animados o de un cuento para niños, porque da la impresión de conservar esa frescura, esa encantadora irreverencia que caracteriza a los niños que actúan bajo el capricho de aquello que les apetece hacer para sentirse bien. Como ese gesto lleno de ternura y de ilusión que supone interrumpir el comienzo de una canción porque una niña pequeña le ha tirado un beso en respuesta al suyo y que tan bien ejemplifica lo que transmitió ayer Zahara en la presentación de su disco: una alegría contagiosa y desbordante, repleta de ilusión por las pequeñas cosas, ante la que es imposible no disfrutar como si la única preocupación fuera que se acabasen las buenas canciones.
Porque quizá el secreto de esta chica sea precisamente ése: afrontar la realidad con la mayor honestidad posible desde la fantasía, la ilusión, incluso la ingenuidad; y a partir de ahí construir un mundo propio del que nadie que la escuche contando y cantando- su fabulosa historia pueda atreverse a dudar.
Pero sería un error etiquetar -o limitar- su música sólo bajo ese calificativo. Porque si luego canta Photofinish, con esa fuerza tan característica del desgarro que cuelga de un me dueles tanto dicho desde lo más profundo de los sentimientos, no se puede uno quedar sólo con la belleza de su voz o lo pegadizo de la melodía. Porque a Zahara hay canciones en las que no es suficiente escucharla sino que se hace necesario sentirla, como ocurre en ésa ya mencionada o en Diciembre, que también tocaría después. O como ocurre siempre y en todo lugar que toca la estremecedora Con las ganas, que esta vez se quedó sólo en el eco del recuerdo de su última y maravillosa- interpretación de la última vez que la vi.
Pero ayer el ambiente pedía a gritos a esa otra Zahara: la niña grande de la sonrisa linda que te mete en su mundo casi sin querer a través de su alegría, de su ilusión por las pequeñas cosas. Como el regalo de una bolsa de chucherías al entrar a verla, sus comentarios sobre la palabra de honor en entredicho de su vestido o las dedicatorias o intrahistorias de canciones como Olor a mandarinas o La canción más fea del mundo. A veces, uno podría incluso llegar a pensar que Zahara salió de una tira de dibujos animados o de un cuento para niños, porque da la impresión de conservar esa frescura, esa encantadora irreverencia que caracteriza a los niños que actúan bajo el capricho de aquello que les apetece hacer para sentirse bien. Como ese gesto lleno de ternura y de ilusión que supone interrumpir el comienzo de una canción porque una niña pequeña le ha tirado un beso en respuesta al suyo y que tan bien ejemplifica lo que transmitió ayer Zahara en la presentación de su disco: una alegría contagiosa y desbordante, repleta de ilusión por las pequeñas cosas, ante la que es imposible no disfrutar como si la única preocupación fuera que se acabasen las buenas canciones.
Porque quizá el secreto de esta chica sea precisamente ése: afrontar la realidad con la mayor honestidad posible desde la fantasía, la ilusión, incluso la ingenuidad; y a partir de ahí construir un mundo propio del que nadie que la escuche contando y cantando- su fabulosa historia pueda atreverse a dudar.
martes, 10 de febrero de 2009
Músicos de guardia
"Me mato mejor con canciones
de esas que te tocan
para que nadie me quite el baile
de recrearme en tu boca..."
(Platos rotos.- Paco Cifuentes)
No debía ser casualidad que sonara un disco de Damien Rice en el salón de actos antes de que comenzara el concierto, ni tal vez el hecho insignificante de que al salir al escenario Paco Cifuentes interrumpiera precisamente I remember en su parte más intensa; sin dejar que terminara de sonar, como quien venda una herida antes de desangrarse por completo. Como de costumbre salió solo, con guitarra y voz, que diria Drexler, lo que por otra parte ya es más que suficiente tratándose de quien se trata. Hay algo en Cifuentes que lo hace verdaderamente especial cuando toca así; algo que tras varios conciertos aún no acierto a explicar(me) del todo ni, en realidad, aspiro realmente a hacerlo nunca. Es algo que tiene que ver con su voz, con su forma de tocar o de cantar, con la relación "ilógica" que establece entre su voz y el silencio en la que a veces parece que éste más que ser mero vacío a su alrededor completa sus canciones, les otorga matices casi indescifrables pero frágiles, fugaces y, sobre todo, hermosos.
Así ocurre sin ir más lejos en la magnífica La vida aparte, canción que dará título a su segundo disco, que no había escuchado siquiera antes y ante la que en primera impresión sólo cabe quedarse impresionado, casi boquiabierto ante la intensidad que destilan sus letras; sus frases enredadas en lo más profundo del tejido de la piel ajena, tan dentro que no queda ya más remedio que sentirlas bajo la propia piel. Algo quizá que te aniquila, te hipnotiza, como canta en Collage con esa fuerza tan característica que tiene con la guitarra y en el desequilibrio salvaje y, no obstante, controlado de su voz. Porque la voz de Paco tiene un punto impreciso de deje, de (des)equilibrio imposible para discurrir por las canciones entre el grito y el susurro de forma asombrosa y casi ilógica, dotándolas de una intensidad y un punto vertiginoso que las hace difícilmente imaginables de otra forma a como él las canta, incluso cuando las canta de forma diferente a la habitual. Así sucede todo el tiempo con Últimamente, una grandísima canción que no era siquiera canción sino retazos de una conversación a las tantas de la mañana; una demostración de que la música puede sobreponerse en ocasiones a todo lo que se le ponga por delante sin que importe que carezca de una métrica precisa, una rima cuidada o incluso algo de qué hablar. Últimamente es una canción enorme construida a base de aristas por pulir, de golpes inconexos que parecen dirigirse al viento pero que acaban noqueándote; una canción que logra en la interpretación de Paco un equilibrio imperfecto, o un perfecto desequilibrio quizá, entre el grito y el susurro, la rabia y la emoción contenida, llegando a constituir una interpretación casi perfecta hecha, asombrosamente, a base de imperfecciones. Y cuando se canta así, prácticamente da igual que recurra a canciones relativamente nuevas o tire de su repertorio más habitual, como hizo posteriormente en el caso de la siempre extraordinaria y definitoria Platos rotos, para seguir matándose mejor con canciones, o la delicada y repleta de poesía cotidiana Vestida de domingo, ambas esta vez en compañía del más que interesante Andrés Suarez (al que por cierto no conocía apenas).
Éste último ofreció a su vez una actuación realmente destacada en la que a buen seguro captó a nuevos destinatarios de sus canciones, con un estilo enérgico y letras realmente elaboradas, plagadas de imágenes inusualmente evocadoras para los tiempos que corren: los de ese universo musical plagado de inmediatez y de simplismo en busca únicamente de las ventas o el éxito. El propio Andrés Suarez primero bromeaba sobre la chica que en unos grandes almacenes le decía que no tenían su disco (afirmando, además, que le sonaba mucho su nombre ante la perplejidad del propio autor), y luego confesaba que le hacía más ilusión que alguien supiera su letra entre el público a encontrarse con su disco en las tiendas en una ciudad que no es la suya. Y al escuchar su música, además, podías entender que en gran medida era cierto decir aquello y no un mero guiño a un público cómplice. Que, al menos todavía, Andrés Suarez piensa en las canciones que quiere escribir para llegar a la gente en lugar de en la gente a la que quiere llegar usando las canciones como un mero artículo de usar y tirar, en la música como un fin en sí mismo antes como un medio hacia otro lugar.
Luego volvió Cifuentes y tocaron algunas canciones de ambos a medias, retomaron el escenario cada uno a solas y sonaron entre otras la también magnífica Hay días de Paco o la más conocida e incluso coreada Números cardinales de Andrés. Cifuentes, por su parte, está llegando a un punto de su repertorio en el que empiezan a faltarle y sobrarle canciones sin que llegue realmente a importar, aunque (personalmente) me faltaron algunas, como la siempre inmensa Tu boca, la preciosa y desencantada Through the light (por la que reconozco el nombre de Suarez en el acompañamiento) o la casi inédita Antes, que estuvo a punto de tocar cuando rectificó diciendo que no sabía para qué se pensaba el repertorio... Y fue curioso porque yo deseaba escuchar esa canción por una serie de razones (y quizá, sobre todo, de sinrazones), igual que habría dejado que sonara completa I remember al comienzo, pero el día definitivamente no estaba ni estaría ya por la labor de desencaminarse.
Y al final, volvieron a juntarse y ya daba casi completamente igual de quién fuera la canción o quien cantara y quien acompañara, y regalaron un final pletórico de complicidad y de entrega, de ilusión por echar el rato cantando como si la vida les fuera en ello sabiendo que en realidad era exactamente así. Porque, a veces, una parte importante de la vida cabe en canciones como las que estos tipos cantan.
Como las que nosotros sentimos.
de esas que te tocan
para que nadie me quite el baile
de recrearme en tu boca..."
(Platos rotos.- Paco Cifuentes)
No debía ser casualidad que sonara un disco de Damien Rice en el salón de actos antes de que comenzara el concierto, ni tal vez el hecho insignificante de que al salir al escenario Paco Cifuentes interrumpiera precisamente I remember en su parte más intensa; sin dejar que terminara de sonar, como quien venda una herida antes de desangrarse por completo. Como de costumbre salió solo, con guitarra y voz, que diria Drexler, lo que por otra parte ya es más que suficiente tratándose de quien se trata. Hay algo en Cifuentes que lo hace verdaderamente especial cuando toca así; algo que tras varios conciertos aún no acierto a explicar(me) del todo ni, en realidad, aspiro realmente a hacerlo nunca. Es algo que tiene que ver con su voz, con su forma de tocar o de cantar, con la relación "ilógica" que establece entre su voz y el silencio en la que a veces parece que éste más que ser mero vacío a su alrededor completa sus canciones, les otorga matices casi indescifrables pero frágiles, fugaces y, sobre todo, hermosos.
Así ocurre sin ir más lejos en la magnífica La vida aparte, canción que dará título a su segundo disco, que no había escuchado siquiera antes y ante la que en primera impresión sólo cabe quedarse impresionado, casi boquiabierto ante la intensidad que destilan sus letras; sus frases enredadas en lo más profundo del tejido de la piel ajena, tan dentro que no queda ya más remedio que sentirlas bajo la propia piel. Algo quizá que te aniquila, te hipnotiza, como canta en Collage con esa fuerza tan característica que tiene con la guitarra y en el desequilibrio salvaje y, no obstante, controlado de su voz. Porque la voz de Paco tiene un punto impreciso de deje, de (des)equilibrio imposible para discurrir por las canciones entre el grito y el susurro de forma asombrosa y casi ilógica, dotándolas de una intensidad y un punto vertiginoso que las hace difícilmente imaginables de otra forma a como él las canta, incluso cuando las canta de forma diferente a la habitual. Así sucede todo el tiempo con Últimamente, una grandísima canción que no era siquiera canción sino retazos de una conversación a las tantas de la mañana; una demostración de que la música puede sobreponerse en ocasiones a todo lo que se le ponga por delante sin que importe que carezca de una métrica precisa, una rima cuidada o incluso algo de qué hablar. Últimamente es una canción enorme construida a base de aristas por pulir, de golpes inconexos que parecen dirigirse al viento pero que acaban noqueándote; una canción que logra en la interpretación de Paco un equilibrio imperfecto, o un perfecto desequilibrio quizá, entre el grito y el susurro, la rabia y la emoción contenida, llegando a constituir una interpretación casi perfecta hecha, asombrosamente, a base de imperfecciones. Y cuando se canta así, prácticamente da igual que recurra a canciones relativamente nuevas o tire de su repertorio más habitual, como hizo posteriormente en el caso de la siempre extraordinaria y definitoria Platos rotos, para seguir matándose mejor con canciones, o la delicada y repleta de poesía cotidiana Vestida de domingo, ambas esta vez en compañía del más que interesante Andrés Suarez (al que por cierto no conocía apenas).
Éste último ofreció a su vez una actuación realmente destacada en la que a buen seguro captó a nuevos destinatarios de sus canciones, con un estilo enérgico y letras realmente elaboradas, plagadas de imágenes inusualmente evocadoras para los tiempos que corren: los de ese universo musical plagado de inmediatez y de simplismo en busca únicamente de las ventas o el éxito. El propio Andrés Suarez primero bromeaba sobre la chica que en unos grandes almacenes le decía que no tenían su disco (afirmando, además, que le sonaba mucho su nombre ante la perplejidad del propio autor), y luego confesaba que le hacía más ilusión que alguien supiera su letra entre el público a encontrarse con su disco en las tiendas en una ciudad que no es la suya. Y al escuchar su música, además, podías entender que en gran medida era cierto decir aquello y no un mero guiño a un público cómplice. Que, al menos todavía, Andrés Suarez piensa en las canciones que quiere escribir para llegar a la gente en lugar de en la gente a la que quiere llegar usando las canciones como un mero artículo de usar y tirar, en la música como un fin en sí mismo antes como un medio hacia otro lugar.
Luego volvió Cifuentes y tocaron algunas canciones de ambos a medias, retomaron el escenario cada uno a solas y sonaron entre otras la también magnífica Hay días de Paco o la más conocida e incluso coreada Números cardinales de Andrés. Cifuentes, por su parte, está llegando a un punto de su repertorio en el que empiezan a faltarle y sobrarle canciones sin que llegue realmente a importar, aunque (personalmente) me faltaron algunas, como la siempre inmensa Tu boca, la preciosa y desencantada Through the light (por la que reconozco el nombre de Suarez en el acompañamiento) o la casi inédita Antes, que estuvo a punto de tocar cuando rectificó diciendo que no sabía para qué se pensaba el repertorio... Y fue curioso porque yo deseaba escuchar esa canción por una serie de razones (y quizá, sobre todo, de sinrazones), igual que habría dejado que sonara completa I remember al comienzo, pero el día definitivamente no estaba ni estaría ya por la labor de desencaminarse.
Y al final, volvieron a juntarse y ya daba casi completamente igual de quién fuera la canción o quien cantara y quien acompañara, y regalaron un final pletórico de complicidad y de entrega, de ilusión por echar el rato cantando como si la vida les fuera en ello sabiendo que en realidad era exactamente así. Porque, a veces, una parte importante de la vida cabe en canciones como las que estos tipos cantan.
Como las que nosotros sentimos.
domingo, 25 de enero de 2009
Buscando la música como horizonte
A Marina Gallardo "le debía" una crónica desde el día en que, sustituyendo a Russian Red, cantaba mirando al infinito con su voz cálida y repleta de matices en la Fnac. Fueron sólo cuatro o cinco canciones cuyos títulos había escrito unos momentos antes en un folio, improvisando un setlist sentada en la última fila de la sala, pero lo suficiente como para dejar la impronta de ser alguien a seguir de cerca. Salió sola con una guitarra y muchos nervios, costándole incluso afinar las cuerdas o levantar la cabeza entre canción y canción. Y la curiosa estampa, sin embargo, lejos de entorpecer su interpretación incluso la reforzaba: aquella chica rezumaba música por todas partes. Los nervios en el escenario, los ojos al frente mirando a nadie o incluso cerrados en muchos momentos, la forma tímida y sincera de dar gracias a todos aquellos que allí casi parecían incomodarla. Pero sobre todo esa voz tan peculiar, tan envolvente y cálida de la que es realmente difícil escaparse si le prestas una mínima atención, si dejas que te atrape durante al menos un instante.
La misma voz con la que anoche volvió a cautivar a quienes la vimos desde esa primera Savana Song tocada igualmente sola con guitarra, aunque ésta vez algo más ronca quizá por un resfriado. Y después, ya acompañada de banda, volvió a confirmar la magnífica impresión de aquella primera vez que la vi, con canciones de aire más eléctrico esta vez (In a frame of my real temp o X-song son buenos ejemplos de ello) y, sobre todo, con ese toque de folk tan cálido que por momentos parece susurrar o acariciarte con su voz, como hace en About days, en la propia Savana Song con la que abrió el concierto o en esa maravillosa melodía tan hipnóticamente hermosa que es Bloody Moonshine.
Una voz que, en definitiva, puede incluso llevarte por momentos a ese infinito al que apuntan a veces los ojos de Marina al cantar.
martes, 9 de diciembre de 2008
Sentimientos sumergidos
"Para mí, esa súplica es la actitud más profunda a la que agarrarse en los peores momentos de oscuridad. Cuando no puedes experimentar ni el amor ni la esperanza, lo único que te queda es implorar que te amen y que recuperes la esperanza."
Las luces sobre el río en calma que se dejaban ver a través del hueco entre los matorrales próximos a la orilla eran casi un presagio. En cierto modo, la música de Low posee esa misma belleza serena en ocasiones, aparentemente distante o fría y, sin embargo, tan intensa, que pueden representar fielmente las luces reflejadas en el agua. El teatro estaba lleno y el frío ya era sólo un recuerdo de los días anteriores, especialmente una vez dentro sentados en las butacas. Comenzaron tocando Úrsula, teloneros para mí desconocidos y propicios para lo que vendría después. Con la voz bastante particular de su cantante y su ritmo pausado, crearon una atmósfera musical muy cálida en la que es difícil no sumergirte, con melodías basadas en varias guitarras y capas de sonidos electrónicos que acaban construyendo la mayoría de las veces melodías de una belleza casi hipnótica por momentos.
Luego salieron Low al escenario, y el trío de Dulluth (ese pequeño pueblo "Minnessotteño" en el que nació también Dylan) empezó de una forma realmente espectacular. Con un final del primer tema que tocaron auténticamente desbordante de energía en una parte instrumental con la guitarra eléctrica y bajo absolutamente desatados y frenéticos, hasta el punto de no dejar resquicio para el aplauso encadenándose a la siguiente canción. Siguieron con algo menos de fuerza (hubiera sido imposible mantenerse así durante todo el concierto) y su ritmo pausado tan característico que a veces "disimula" la intensidad de sus canciones. Porque es un error creer que la intensidad esté en los decibelios o la velocidad con que son tocadas las canciones, y para demostrarlo sólo sería necesario escuchar temas como Murderer o In silence, ambos cargados de una intensidad dificilmente descriptible sin prestarles la atención debida. Hay algo en Low de cierto minimalismo musical, de cierto "perfil bajo" carente de ambiciosas pretenciones, mediante el que despojan a las canciones de cualquier artificio o adorno innecesario, de forma que todo lo que se canta en sus canciones es en cierta forma esencial, intenso, vibrante y emotivo. Y es igual que doten a sus canciones de algo más de energía con la guitarra y el bajo (siempre efectivo y con una presencia bastante notable durante todo el repertorio) como en las ya mencionadas o en uno de sus éxitos de mayor repercusión como es Sunflower (doblemente celebrado por mí xD); o que las desnuden aún más respecto al sonido de estudio, como hicieron con Violent past en una interpretación en la que luce en todo su esplendor la armonía que alcanzan entremezclando sus voces Alan Sparhawk y su mujer Mimi Parker, cuya voz resulta asombrosa tanto haciendo coros como asumiendo el papel principal, llegando casi siempre a poner los pelos de punta al escucharla. Como hicieron por ejemplo en la primera parte de When I go deaf, dentro de un ambiente de respetuoso silencio, casi de fascinación, ante un público totalmente entregado a su actuación para dar paso de nuevo a ese sonido poderoso de guitarra y bajo del que hace gala este trío de músicos en su directo.
Sin duda, un gran concierto de una gran banda en cuya música merece la pena sumergirse, incluso asumiendo el riesgo de quedar atrapados bajo la superficie al deslumbrarnos con el brillo de sus canciones.
(Alan Sparhawk, guitarra y voz de Low)
Las luces sobre el río en calma que se dejaban ver a través del hueco entre los matorrales próximos a la orilla eran casi un presagio. En cierto modo, la música de Low posee esa misma belleza serena en ocasiones, aparentemente distante o fría y, sin embargo, tan intensa, que pueden representar fielmente las luces reflejadas en el agua. El teatro estaba lleno y el frío ya era sólo un recuerdo de los días anteriores, especialmente una vez dentro sentados en las butacas. Comenzaron tocando Úrsula, teloneros para mí desconocidos y propicios para lo que vendría después. Con la voz bastante particular de su cantante y su ritmo pausado, crearon una atmósfera musical muy cálida en la que es difícil no sumergirte, con melodías basadas en varias guitarras y capas de sonidos electrónicos que acaban construyendo la mayoría de las veces melodías de una belleza casi hipnótica por momentos.
Luego salieron Low al escenario, y el trío de Dulluth (ese pequeño pueblo "Minnessotteño" en el que nació también Dylan) empezó de una forma realmente espectacular. Con un final del primer tema que tocaron auténticamente desbordante de energía en una parte instrumental con la guitarra eléctrica y bajo absolutamente desatados y frenéticos, hasta el punto de no dejar resquicio para el aplauso encadenándose a la siguiente canción. Siguieron con algo menos de fuerza (hubiera sido imposible mantenerse así durante todo el concierto) y su ritmo pausado tan característico que a veces "disimula" la intensidad de sus canciones. Porque es un error creer que la intensidad esté en los decibelios o la velocidad con que son tocadas las canciones, y para demostrarlo sólo sería necesario escuchar temas como Murderer o In silence, ambos cargados de una intensidad dificilmente descriptible sin prestarles la atención debida. Hay algo en Low de cierto minimalismo musical, de cierto "perfil bajo" carente de ambiciosas pretenciones, mediante el que despojan a las canciones de cualquier artificio o adorno innecesario, de forma que todo lo que se canta en sus canciones es en cierta forma esencial, intenso, vibrante y emotivo. Y es igual que doten a sus canciones de algo más de energía con la guitarra y el bajo (siempre efectivo y con una presencia bastante notable durante todo el repertorio) como en las ya mencionadas o en uno de sus éxitos de mayor repercusión como es Sunflower (doblemente celebrado por mí xD); o que las desnuden aún más respecto al sonido de estudio, como hicieron con Violent past en una interpretación en la que luce en todo su esplendor la armonía que alcanzan entremezclando sus voces Alan Sparhawk y su mujer Mimi Parker, cuya voz resulta asombrosa tanto haciendo coros como asumiendo el papel principal, llegando casi siempre a poner los pelos de punta al escucharla. Como hicieron por ejemplo en la primera parte de When I go deaf, dentro de un ambiente de respetuoso silencio, casi de fascinación, ante un público totalmente entregado a su actuación para dar paso de nuevo a ese sonido poderoso de guitarra y bajo del que hace gala este trío de músicos en su directo.
Sin duda, un gran concierto de una gran banda en cuya música merece la pena sumergirse, incluso asumiendo el riesgo de quedar atrapados bajo la superficie al deslumbrarnos con el brillo de sus canciones.
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